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La historia del hombre más inteligente del mundo también fue la más triste y amarga

WASHINGTON, 11 de octubre de 2025.- William James Sidis es un hombre de mediana edad, solitario, que cada día baja por las escaleras de su oficina para no coincidir con nadie en el ascensor. Su trabajo es rutinario, a veces incluso insignificante. Es oficinista en 1944. Antes había sido portero. Trabajos alejados de lo que se podría esperar del niño prodigio más joven en haber estudiado en Harvard. Sidis, ahora un adulto corriente, había sido ese niño.

Aprendió a leer a los 18 meses, a los seis años ya hablaba más de ocho idiomas y para cuando cumplió ocho ya había escrito varios libros de anatomía y astronomía. En total, escribió más de 40. Fue admitido en Harvard a los once y, a lo largo de su vida, llegó a estudiar siete carreras.

Su cociente intelectual, estimado entre 300 y 320, superaba al de apellidos como Einstein o Newton. Admirado y envidiado, pero sobre todo incomprendido, William Sidis murió en soledad a los 46 años. Y el mundo olvidó su nombre. La vida perfecta de William Sidis es un tributo a una de las mentes más brillantes de la historia. 

No es fácil ser el hombre más inteligente del mundo. No había llegado a la pubertad y Sidis ya desarrollaba teorías de la cuarta dimensión, un concepto tan abstracto y difícil de entender como él mismo. Brillante pero incomprendido por ser diferente. Ser el niño raro y a la vez cumplir con las expectativas de una mente extraordinaria se convirtió en un peso insoportable que le llevó al aislamiento. Sidis fue alguien capaz de descifrar el universo, pero incapaz de encontrar un lugar en él.

Decía que su objetivo era vivir una vida perfecta y que la única forma para conseguirlo era vivirla en soledad. No es una afirmación muy común, pero sí la confesión de alguien que ha sufrido el rechazo y el aislamiento de una sociedad que primero lo ensalzó, y después lo empujó al olvido. Así, Sidis terminó refugiándose en su propio mundo, su único lugar seguro.

William sabía hablar decenas de idiomas, pero jamás aprendió a tener amigos. Desarrollaba teorías matemáticas, pero no jugaba a juegos infantiles. Su vida fue un laboratorio desde que nació. Sus padres criaron un cerebro, sí, pero le privaron de su infancia y de las herramientas básicas para lidiar con las emociones.

Lo que también sorprende de Sidis es que no solo fue una calculadora humana. También fue un hombre con unas férreas convicciones sociales y políticas. Se declaró ateo y comunista en la América conservadora del siglo XX. Encabezó varias marchas y protestas lo que le llevó a ser arrestado varias veces.

Esta faceta más humana en la novela viene dada de la mano de Martha Foley. Ella fue la única mujer capaz de romper el aislamiento y su coraza. Fue un amor frustrado, pero también la prueba de que incluso la persona más solitaria, anhela comprensión y afecto.


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