LIMA, 29 de diciembre de 2025.- En la profundidad de la Amazonía peruana ocurrió una historia tan increíble que parece sacada de una novela. Manuel Córdova-Ríos tenía apenas 15 años (en 1902) cuando desapareció durante una expedición cerca del río Mishagua, en la selva de Iquitos. Para el mundo exterior se había perdido para siempre. Pero en realidad su vida apenas estaba comenzando.
Tras internarse en la selva, Manuel fue capturado por un grupo indígena amazónico identificados en los relatos como Amahuaca. Lo que pudo haber sido un destino fatal se transformó, con el tiempo, en un proceso de aprendizaje profundo. En lugar de rechazarlo, la tribu decidió acogerlo, enseñándole su lengua, sus costumbres, su forma de entender la naturaleza y, sobre todo, el conocimiento ancestral de las plantas medicinales.
Durante siete años Manuel vivió como uno más de ellos. Aprendió a cazar, a sobrevivir en la selva y a leer los signos del bosque. Bajo la guía de un anciano chamán fue iniciándose en el mundo espiritual amazónico y en el uso de plantas sagradas. Con el tiempo su disciplina, respeto y sabiduría hicieron que dejara de ser visto como un extraño. Llegó a ser conocido como «Ino Moxo», el Jaguar Negro, y se convirtió en un curandero respetado, hasta el punto de ejercer liderazgo dentro del grupo.
Cuando finalmente regresó a la civilización (en 1909) Manuel ya no era el adolescente que había desaparecido. Volvió como un hombre marcado por la selva, portador de un conocimiento que pocos occidentales poseían. Pronto su fama se extendió; personas de distintas regiones acudían a él buscando sanación, consejo y remedios naturales. Su historia se difundió en libros y testimonios, y pasó de ser un joven perdido en la Amazonía a una figura casi mítica, una celebridad o «influencer» del saber ancestral amazónico.
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