InicioNoticiasMundoLos incas no dividían el mundo en solo hombres y mujeres. Su...

Los incas no dividían el mundo en solo hombres y mujeres. Su cosmología contemplaba cuatro categorías de género

BERNA, 26 de agosto de 2026.- Chavela Vargas decía que cuando se vestía de mujer parecía travesti. No lo decía con vergüenza sino con la certeza de quien sabe que su cuerpo no encaja en el molde que otros crearon. Esa misma incomodidad ha acompañado a millones de personas en América Latina durante cinco siglos.

Antes de que los conquistadores europeos impusieran su mirada binaria sobre el mundo, las sociedades andinas manejaban una estructura de género más compleja. Arqueólogos y etnohistoriadores de la Universidad de Cuenca y del Museo Rietberg en Suiza, han documentado esa realidad en su investigación sobre narrativas queer en los Andes.

¿Qué pasaría si la norma no fuera el binarismo sino una estructura de cuatro géneros?

El antropólogo Ina Rösing documentó en la comunidad boliviana de Amarete la existencia de diez categorías de género. Diez formas diferentes de ser y existir. El investigador Artzi ha profundizado en el principio de cuatripartición que organizaba el mundo andino. No era solo hombre y mujer. Había mujer masculina, mujer femenina, hombre femenino y hombre masculino. Además de otras posibilidades que no encajaban en ninguna de esas cuatro casillas. Esa lógica de complementariedad operaba en todos los niveles de la sociedad, desde las deidades primigenias, representadas como seres andróginos, hasta las estructuras de poder del Imperio Inca.

Los cronistas españoles dejaron registros de personajes que no entendían. Los Enchaquirados aparecen en las crónicas como figuras ambiguas. Los cumbi camayocs eran maestros textiles del más alto rango. Eran hombres que no podían cumplir con las obligaciones militares o de construcción de caminos debido a alguna discapacidad física.
En lugar de ser marginados, fueron integrados en una categoría de género particular. Dejaban de ser hombres en el sentido reproductivo y laboral inca, pero no pasaban a ser mujeres. Tampoco eran identificados con las acllaconas, las mujeres encargadas de otras responsabilidades textiles del estado.

Su labor era tan valiosa que tejían los cumbis, las telas finas destinadas al uso exclusivo del Inca y sus altos jefes militares.

El estado inca utilizó esas categorías de género para ejercer un control más efectivo sobre la reproducción social. Esos individuos pasaron de ser entes reproductivos sexuales locales a elementos esenciales en la reproducción social del imperio.

Y no es que no hubiera jerarquías, ya que se sabe que violencia y el poder estructuraban cada relación, pero el género no era el eje único de esa jerarquía.

La arqueología confirma esa diversidad a través de las figurillas prehispánicas de la costa ecuatoriana. Durante el periodo Formativo, que abarca aproximadamente desde el 3500 hasta el 500 antes de Cristo, los artesanos modelaron miles de figurillas. Los cuerpos enfatizaban atributos femeninos como senos y vello púbico, pero también figuras con abultamientos abdominales que podrían interpretarse como falos.

La historiografía tradicional ha evitado tematizar esa posibilidad. Se ha preferido hablar de Venus, de diosas de la fertilidad, antes de aceptar que esas representaciones podrían estar mostrando cuerpos intersexuales.

En el periodo de Desarrollo Regional, que va del 600 antes de Cristo al 400 después de Cristo, las sociedades se volvieron más complejas y jerarquizadas.

Las culturas Tolita, Jama Coaque y Bahía produjeron un corpus iconográfico donde la diferenciación de género no se marcaba principalmente por los órganos sexuales. Se marcaba por atributos culturales. Los tocados, ponchos, taparrabos y pectorales eran masculinos. Las faldas, capuchas y ciertos collares eran femeninos.

Sin embargo esa regla tenía excepciones, ya que los arqueólogos han encontrado representaciones de personajes que combinan taparrabos con senos y caderas anchas. También hay parejas que muestran a dos mujeres. La historiografía tradicional ha interpretado esas figuras como siamesas. Porque la misma lógica que interpreta una pareja hombre-mujer como un matrimonio, no sabe qué hacer con una pareja de mujeres. La venda heteronormativa sesga la lectura del pasado y obliga a interpretaciones forzadas.

¿Por qué la historia oficial ha borrado esas otras formas de entender el género?

La respuesta está en los cinco siglos de imposición colonial que han marcado la vida en América. La Modernidad se construyó sobre una contradicción. Europa descubrió la Modernidad a través del contacto con los indígenas, pero al mismo tiempo los excluyó de ella y los ubicó en una categoría de seres primitivos y bárbaros. Octavio Paz llamó a esa contradicción una herida que aún no se cierra.

Todo esto no quiere decir que el pasado andino no era un paraíso de igualdad, sino que las sociedades prehispánicas manejaban una comprensión del género que incluía al menos cuatro categorías.

Esa comprensión se materializó en figurillas, en textiles, en crónicas y esa materialidad sigue disponible para ser leída de nuevas maneras. Sin la venda heteronormativa que ha filtrado la historiografía tradicional.

Porque como dice La Agrado en la película de Pedro Almodóvar, «cuesta mucho ser auténtica, y porque una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma».

¿Qué crees que pasaría si nuestra lengua materna hubiera tenido siempre cuatro palabras para nombrar el género?


Descubre más desde Fernanda Tapia

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

RELATED ARTICLES

Most Popular

Most Popular