* Una investigación internacional desafía una de las teorías más influyentes sobre la evolución de la inteligencia al demostrar que pulpos, calamares y sepias desarrollaron cerebros excepcionalmente grandes sin necesidad de vivir en sociedades complejas.
WASHINGTON, 07 de julio de 2026.- Durante décadas, una de las ideas más aceptadas en biología evolutiva ha sostenido que los grandes cerebros surgieron como respuesta a la necesidad de convivir en sociedades complejas. Según esta teoría, conocida como la hipótesis del cerebro social, la inteligencia habría evolucionado principalmente para gestionar relaciones cada vez más sofisticadas, reconocer individuos, establecer jerarquías, cooperar y aprender de otros miembros del grupo.
Sin embargo, un nuevo estudio publicado en la revista iScience plantea una importante excepción que obliga a replantear esa explicación. Los protagonistas son los cefalópodos -pulpos, calamares y sepias -, algunos de los invertebrados más inteligentes conocidos, cuya evolución cerebral parece haber seguido un camino completamente diferente al observado en mamíferos y aves.
La investigación concluye que el tamaño de su cerebro no está relacionado con el grado de sociabilidad, sino con la complejidad ecológica de los ambientes que habitan. En otras palabras, la inteligencia de estos animales habría surgido como respuesta a los desafíos impuestos por su entorno y no por la necesidad de interactuar con grandes grupos de individuos.
Los cefalópodos ocupan desde hace años un lugar singular dentro de la biología. A pesar de pertenecer al grupo de los moluscos, poseen algunos de los cerebros más desarrollados en relación con el tamaño de su cuerpo entre todos los invertebrados.
Su comportamiento ha sorprendido repetidamente a los científicos. Son capaces de resolver problemas complejos, abrir recipientes cerrados, memorizar recorridos, utilizar herramientas, modificar su estrategia de caza en función de la situación, aprender mediante la experiencia y ejecutar sofisticados sistemas de camuflaje casi instantáneos gracias al control de millones de células pigmentarias distribuidas por la piel.
Todo ello resulta aún más llamativo porque, a diferencia de primates, cetáceos o córvidos, la mayoría de estas especies viven prácticamente en solitario.
No forman grupos sociales estables, apenas cooperan entre sí y, en muchos casos, solo coinciden durante la reproducción. Algunas especies incluso muestran comportamientos caníbales, lo que las convierte en un modelo muy poco compatible con la teoría clásica del cerebro social.
La llamada hipótesis del cerebro social ha sido una de las explicaciones más influyentes para comprender por qué determinados animales desarrollaron cerebros de gran tamaño. Su planteamiento es relativamente sencillo: cuanto más complejas son las relaciones sociales, mayor capacidad cognitiva necesita un individuo para reconocer aliados y rivales, interpretar comportamientos, anticipar acciones, establecer vínculos y adaptarse continuamente a la dinámica del grupo.
Numerosos estudios realizados en primates, elefantes, delfines, loros o córvidos parecían respaldar esta idea, convirtiéndola en una referencia fundamental para explicar también la evolución del cerebro humano. Sin embargo, los cefalópodos planteaban desde hace tiempo una incógnita difícil de resolver.
¿Cómo podían desarrollar una inteligencia tan sofisticada sin experimentar las presiones sociales que, según la teoría dominante, impulsaban precisamente ese crecimiento cerebral?
Para responder a esa pregunta, investigadores de la London School of Economics, la Universidad de Nueva York y la Universidad de Lethbridge analizaron información correspondiente a 79 especies de pulpos, calamares y sepias. El trabajo reunió una de las bases de datos comparativas más completas elaboradas hasta la fecha sobre cefalópodos, incorporando medidas del tamaño cerebral, características ecológicas, comportamiento, historia vital y forma de vida.
Los resultados mostraron una ausencia prácticamente total de relación entre el tamaño del cerebro y el comportamiento social; en su lugar, apareció un patrón mucho más consistente al comparar el órgano con el tipo de hábitat. De este modo, se descubrió que las especies que viven en aguas poco profundas y sobre fondos marinos complejos presentan cerebros significativamente mayores que aquellas que habitan en mar abierto o a grandes profundidades.
La explicación propuesta por los autores gira en torno a la enorme diversidad de desafíos que presentan los ecosistemas costeros, donde entornos como fondos rocosos, arrecifes, praderas marinas y zonas con abundantes refugios ofrecen una gran variedad de oportunidades y amenazas. En estos hábitats, la búsqueda de alimento exige explorar espacios muy heterogéneos, recordar escondites, evaluar riesgos constantemente, modificar rutas de desplazamiento y responder con rapidez ante la presencia de numerosos depredadores.
En ambientes tan cambiantes, la capacidad de aprender y adaptarse puede convertirse en una ventaja evolutiva decisiva.
Por el contrario, las especies que viven en aguas profundas o en zonas oceánicas abiertas se enfrentan a escenarios mucho más uniformes, donde las condiciones ambientales cambian menos y las oportunidades para desarrollar comportamientos complejos resultan más limitadas.
Este modelo propone que la inteligencia puede evolucionar incluso en especies solitarias, siempre que el entorno recompense suficientemente el aprendizaje, la memoria, la resolución de problemas y la flexibilidad comportamental. En este escenario, el cerebro no crecería para gestionar relaciones sociales, sino para afrontar un medio físico extraordinariamente complejo, siendo los cefalópodos uno de los mejores ejemplos conocidos de esta posibilidad, debido a que su linaje evolucionó de forma completamente independiente al de los vertebrados.
Mientras que los mamíferos y las aves desarrollaban grandes cerebros siguiendo una trayectoria evolutiva determinada, pulpos, sepias y calamares alcanzaban capacidades cognitivas comparables mediante un camino biológico totalmente distinto.
Según explica Michael Muthukrishna, investigador principal del estudio, durante décadas se asumió que el principal motivo por el que los cerebros aumentaban de tamaño era la necesidad de gestionar grupos sociales cada vez más complejos. Sin embargo, los cefalópodos muestran que existe una segunda vía evolutiva.
Aunque suelen ser animales solitarios, de vida relativamente corta y, en ocasiones, incluso caníbales, desarrollaron cerebros grandes y conductas sorprendentemente inteligentes. El investigador señala además que el modelo matemático elaborado por su equipo años atrás ya predecía esta posibilidad: especies solitarias podrían evolucionar hacia una mayor inteligencia si vivían en entornos lo suficientemente ricos y complejos como para que aprender proporcionara una ventaja adaptativa.
Uno de los aspectos más relevantes del trabajo es que ofrece una oportunidad excepcional para estudiar la inteligencia desde una perspectiva evolutiva completamente diferente, ya que los cerebros de los cefalópodos no son una versión simplificada de los de los vertebrados, sino una solución biológica distinta que evolucionó de manera independiente hace cientos de millones de años.
Precisamente por ello, los investigadores consideran que constituyen uno de los mejores modelos naturales para comprobar si existen múltiples caminos evolutivos capaces de conducir hacia capacidades cognitivas avanzadas.
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