* Nuevos resultados genéticos revelan una oleada previamente desconocida de personas asentadas en Sudamérica hace 1,300 años y reescribe el pasado colonial.
MADRID, 13 de agosto de 2026.- Imagina una población entera que existió, se mezcló con otros grupos humanos y desapareció sin dejar huesos, herramientas ni rastro arqueológico alguno. Solo su ADN ha sobrevivido, oculto durante milenios en los genomas de sus descendientes. A esto lo llaman los científicos un «linaje fantasma». Eso es precisamente lo que ha detectado un ambicioso estudio internacional: la huella genética de una población desconocida, bautizada como Ypykuéra («ancestro», en lengua tupí), que aún persiste en pueblos indígenas de América desde hace más de 10,000 años.
Este hallazgo vuelve a sacudir los cimientos de la historia humana en el continente. El trabajo, liderado por el Instituto de Biología Evolutiva (IBE) junto a instituciones de América Latina y publicado en Nature, ha reconstruido, a partir del análisis de 199 genomas indígenas, más de un millón de variantes genéticas nunca antes registradas. El resultado no solo amplía el mapa de la diversidad humana, sino que revela un pasado mucho más complejo.
La idea de un linaje fantasma desafía la forma tradicional de entender el pasado humano. Se trata de poblaciones que no dejaron restos físicos identificables, pero cuya existencia puede rastrearse a través del ADN heredado. En este caso, la señal genética detectada apunta a una antigua población asiática que se mezcló con los ancestros de los primeros americanos antes – o durante – su llegada al continente.
La presencia de Ypykuéra, aunque en niveles bajos, es constante en distintas poblaciones indígenas americanas y presenta vínculos genéticos con grupos de Australasia, como los de Australia o Nueva Guinea. Este dato abre una pregunta clave que aún no tiene respuesta definitiva: ¿Cómo llegó esa herencia genética hasta América? Una de las hipótesis más plausibles sugiere que este linaje se integró en las primeras migraciones humanas que cruzaron Beringia, aportando variantes genéticas que, con el tiempo, pudieron resultar beneficiosas para la adaptación a entornos extremos.
Durante décadas, el poblamiento de América se explicó como un proceso relativamente lineal. Sin embargo, los nuevos datos genéticos revelan una historia mucho más dinámica. Según el estudio, Sudamérica no fue colonizada en una única oleada, sino al menos en tres grandes movimientos migratorios diferenciados.
La primera de estas oleadas se produjo hace más de 9,000 años, poco después de la llegada inicial desde Asia a través de Beringia, y sentó las bases de muchas de las poblaciones originarias. En paralelo, una segunda expansión también hace unos 9,000 años introdujo una señal genética distinta, que todavía puede rastrearse en comunidades como los quechuas.
La gran sorpresa llega con una tercera migración mucho más reciente, ocurrida hace aproximadamente 1,300 años. Este movimiento, procedente de Mesoamérica hacia Sudamérica y el Caribe, había pasado desapercibido hasta ahora y no parece estar vinculado a un único evento histórico concreto, sino a un proceso gradual de movilidad y mestizaje entre distintas regiones del continente.
Más allá de reescribir la historia, el análisis genético ha permitido identificar variantes asociadas a la respuesta inmunitaria, el metabolismo energético, la fertilidad y el desarrollo fetal, así como a la adaptación a condiciones extremas como las de la selva amazónica o las altitudes de los Andes.
Algunos de estos rasgos podrían estar relacionados con la herencia de ese linaje fantasma, lo que sugiere que la selección natural favoreció ciertas características que resultaron cruciales para la supervivencia. Sin embargo, el estudio también pone de relieve una realidad histórica devastadora: la diversidad genética actual de los pueblos indígenas representa solo una fracción de la original. La colonización europea provocó un colapso demográfico de hasta el 90%, reduciendo drásticamente la variabilidad genética.
El Proyecto de Diversidad Genómica Indígena Americana ha logrado casi triplicar el número de genomas indígenas disponibles para la investigación científica, contribuyendo a llenar un vacío histórico en un campo dominado durante décadas por datos de origen europeo.
Aun así, los investigadores advierten que el relato está lejos de estar completo. La historia del continente americano emerge ahora como un mosaico mucho más complejo, marcado por migraciones múltiples, conexiones inesperadas y mezclas continuas. Y, quizá lo más fascinante, es que todavía quedan capítulos ocultos, rastros invisibles que no se encuentran en la tierra ni en los libros, sino en algo mucho más íntimo: el ADN que aún llevamos dentro.
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