WASHINGTON, 12 de octubre de 2026.- Erika llegó a adoptar el apellido del famoso monumento parisino después de celebrar una ceremonia junto a él en 2007. Su historia dio la vuelta al mundo, aunque la Torre Eiffel no ha sido el único objeto por el que ha asegurado sentir una profunda atracción
Erika Eiffel viajó a París en 2007 acompañada de un pequeño grupo de amigos para celebrar una ceremonia con una protagonista muy poco habitual: la Torre Eiffel. La estadounidense aseguraba haberse enamorado del monumento y decidió adoptar incluso su apellido. Hasta entonces se llamaba Erika LaBrie.
Todo había comenzado tres años antes, durante una visita a la capital francesa. Erika se encontraba entre la multitud que rodeaba la torre cuando, según ha contado, sintió una conexión especial con ella.
«Fue casi como si la oyera gritar: ‘Que alguien se fije en mí. Que alguien se fije realmente en mí'», recordaba sobre aquel momento. Ella asegura que comenzó a llorar mientras pensaba: «Escucha mi voz».
La atracción no desapareció después de aquella visita. Erika quedó especialmente fascinada por la forma del monumento. «Su estructura es increíble. Tiene unas curvas muy sutiles», llegó a explicar.
En 2007 regresó para celebrar la ceremonia y posteriormente comenzó a utilizar el apellido Eiffel. Su historia terminó apareciendo en documentales y convirtiéndola en una de las personas más conocidas vinculadas a la objectofilia, término con el que se conoce la atracción hacia objetos inanimados.
Antes de enamorarse de la Torre Eiffel, Erika ya había sentido atracción por otros objetos. Entre ellos había una espada japonesa y un arco al que había puesto el nombre de Lance.
El tiro con arco, además, tuvo un peso importante en su vida. Erika llegó a competir al máximo nivel y en 2003 consiguió el primer puesto en tres torneos de la Copa Nacional de Estados Unidos. Un año después formó parte del equipo estadounidense que participó en el Campeonato Mundial celebrado en Nueva York.
Sin embargo, fue su relación con la Torre Eiffel la que acabó haciéndola conocida fuera del ámbito deportivo. Su historia despertó tanta curiosidad que durante los años siguientes apareció en varios documentales hablando de la atracción que sentía por determinados objetos.
Aquella relación se prolongó durante unos 15 años, hasta que Erika anunció que había llegado a su fin. Para entonces, otro objeto había llamado su atención.
Después de la Torre Eiffel llegó una valla roja que Erika encontró durante la grabación de un documental. Al verla, explicó ante las cámaras que su forma y, especialmente, sus ángulos habían llamado su atención.
«No esperaba encontrar una valla así aquí», reconoció. «Es perfecta. Esta es la forma que me gusta. ¿Estos ángulos? Fabulosos».
Erika no es la única persona que ha hecho pública su atracción por objetos. La alemana Michele Köbke, por ejemplo, aseguró haberse enamorado de un Boeing 737-800 y llegó a dormir junto a maquetas del avión y a coleccionar algunas de sus piezas.
Otro de los casos más conocidos es el de Eija-Riitta Berliner-Mauer, que mantuvo durante décadas que estaba enamorada del Muro de Berlín. De hecho, fue ella quien acuñó el término objectum sexuality para referirse a este tipo de atracción.
En el caso de Erika, fue su historia con la Torre Eiffel la que la hizo conocida en todo el mundo. Aquella relación comenzó con una visita a París en 2004 y terminó tres años después en una ceremonia junto al monumento que acabaría dándole incluso su apellido.
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