* Las mujeres buceadoras de la isla de Jeju combinan tradición, ciencia y resistencia. Se trata de las Haenyeo, quienes han desarrollado adaptaciones físicas, genéticas y comunitarias para vivir del mar, pero hoy su linaje milenario está desapareciendo.
WASHINGTON, 27 de abril de 2026.- Una cabeza emerge del mar. Conforme se rompe la tensión superficial del agua marina en el estrecho de Corea y la boca hace contacto con el aire, se escucha un ligero pero profundo silbido. Un respiro rápido, eficiente, entrenado y marino, que fácilmente se podría confundir con el llamado de una gaviota.
Las Haenyeo, las mujeres buceadoras de la isla de Jeju, en Corea del Sur, realizan cerca de unos 80 buceos libres al día. Lo hacen desde la adolescencia hasta cumplir los 80 años – o incluso más -. Y llevan cientos de años haciéndolo. Cuando bucean, sus pulmones se contraen, y al subir a la superficie – y gracias al constante entrenamiento -, logran primero exhalar en un solo momento todo el aire que llevaban dentro, para generar un pequeño vacío en sus pulmones que jala de forma abrupta el aire necesario para la respiración. Este intercambio gaseoso produce un silbido parecido al de algún animal marino: el sumbisori.
El sumbisori es solo una de las adaptaciones que las Haenyeo – pronunciado como «genio» y cuya traducción literal es «mujeres del mar» – han desarrollado a lo largo de generaciones y generaciones que insisten en zambullirse en el océano. Pero no todas las adaptaciones son resultado de su entrenamiento. Han hecho frente, mediante un sistema de cooperativas, a las distintas imposiciones tanto coreanas como japonesas sobre los productos que comercian. Han sabido respetar los tiempos del mar y no sobreexplotar el entorno gracias al cual subsisten. Y su práctica ha sido tan constante que la llevan en la sangre.
Un grupo de investigadoras de la Universidad de California en Los Ángeles y la Universidad de Utah, se sumergieron dentro del ADN de las Haenyeo y encontraron adaptaciones genéticas que les permiten ser mejores buceadoras. Pero antes, un poco de su historia.
Es complicado saber exactamente cuándo y dónde se originó la práctica del buceo libre en Corea, pero por fortuna, hay varias pistas. Desde el año 434 de nuestra era, ya hay registros de que en el reino de Silla – uno de los tres reinos que conformarían lo que ahora es Corea -, en la parte sureste de la península coreana, ya habían perlas provenientes de la isla Jeju, que por ese entonces se llamaba Tam-La, y era una nación independiente. Jeju se fue haciendo famosa a lo largo de diversas fronteras gracias a la calidad de sus perlas, tanto que en el siglo XIII uno de los reyes de China mandó a sus súbditos a conseguir perlas de Jeju para enriquecer su tesoro.
En el siglo XV, quedó registrado en la «Historia de la dinastía Lee» que un grupo de hombres había migrado de Jeju hacia la parte continental de Corea y se dedicaba a la venta de abulones, que muy probablemente eran extraídos del fondo marino por las esposas que se mudaron junto con ellos.
Para el siglo XVII es cuando se empieza a hacer una distinción de género en la práctica del buceo, o al menos es la primera aparición reportada de la palabra Jam-Nyo (mujer buceadora). En la monografía titulada «Geografía de la isla de Jeju», describen a las Jam-Nyo como: «Mujeres desnudas que se dedican al buceo en la primavera y el verano para cosechar algas marinas y abulones, sin embargo, la mayoría de su producción es retenida por oficiales del gobierno quienes les permiten vender solo una pequeña fracción de su cosecha para su gasto. Además, estas mujeres trabajan con hombres sin ningún sentimiento de deshonra».
Esta descripción es un claro reflejo de las diferencias entre la cultura coreana peninsular y la que se ha mantenido en Jeju desde hace siglos. A pesar de que Jeju fue anexada a Corea en el año 1105 y se le inculcó el confucianismo, siempre se le trató de manera distinta aún dentro de la política interna; por ejemplo, muchas negociaciones entre la península y la isla se hacían por mediadores como con cualquier otro país foráneo. Los habitantes de la isla aún conservan un idioma que es bastante distinto del coreano, y aunque en general las y los habitantes de la península coreana pensaban que Jeju no era del todo civilizada, las buceadoras de la isla trabajaban fuera de la casa y ganaban dinero de manera independiente, mientras que sus esposos se quedaban en casa a cuidar de sus hijos.
Aunque no fue hasta 1910 que Corea se convirtió en una colonia japonesa, desde 1870 Jeju empezó a recibir grandes cantidades de pescadores japoneses. Las aguas de Jeju eran tan ricas – no solamente en abulón y algas, sino también en peces muy preciados por los nipones – que, según un pescador japonés «años antes del fin de la guerra, cerca de un cuarto de todo Japón estaba haciendo dinero de Jeju, todo un cuarto […] Probablemente no haya en el mundo aguas tan valiosas como las de la isla Jeju».
Japón ya era conocido por la sobreexplotación que realizaba en distintos mares, por lo que Jeju intentó prohibirles el hacer puerto o siquiera el acercarse a pescar a sus aguas. Lamentablemente para ellos, los botes nipones estaban armados – en principio para defenderse de la piratería de la zona, que en realidad era difícil de distinguir de la pesca que se hacía -, por lo que los enfrentamientos violentos entre los pescadores de Jeju y los japoneses fueron escalando.
En 1915, cuando Corea ya había sido anexada a Japón, se realiza el Decreto de Pesca de Corea, con el cual las Haenyeo obtuvieron derechos de pesca a lo largo de toda la costa de Jeju y de la costa peninsular de Corea. Sin embargo, las buceadoras se enfrentaban a tarifas muy dispares a las de los pescadores japoneses. Es por ello que en 1920, las Haenyeo fundan la primera cooperativa de buceadoras llamada Jamsuhoe (que se puede traducir como «asociación de mujeres buceadoras»), razón por la cual las Haenyeo también empezaron a ser llamadas jamsu (mujeres buceadoras). Desde un inicio, la Jamsuhoe empezó a dar resultados mejorando las condiciones de buceo y protegiendo a las buceadoras de la explotación impuesta por los japoneses. Pero los abusos continuaban.
En 1931 y 1932 diversas poblaciones en Jeju hicieron protestas en contra de la opresión japonesa. Una de ellas, realizada el 12 enero de 1932, llegó a acumular a más de 4,000 personas, entre Haenyeo y demás pobladores. Quedó registrada como la protesta civil de trabajadoras más grande en la historia de Corea. Las buceadoras tomaron los espacios públicos blandiendo sus onggae homi (palas para recolectar algas marinas) y bitchang (hoces utilizadas para recolectar y abrir abulones). Cerca de cuarenta buceadoras fueron arrestadas por la policía aquel día, pero se estima que las protestas se extendieron hasta alcanzar a 800 Haenyeo, 17,000 mujeres en total y cerca de 230 protestas en los siguientes tres meses. Estas protestas mostraron la importancia de la organización, autonomía y comunidad de las Haenyeo, quienes además llevaban algunos años asistiendo a la escuela nocturna, donde tomaron clases y fueron instruidas en un nacionalismo moderno por jóvenes intelectuales de la isla. Entre las lecturas que utilizaban estaban libros llamados Nongmin Dokbon («Un curso de lectura para campesinos») y Nodong Dokbon («Un curso de lectura para trabajadores»).
La ocupación japonesa terminó a finales de la década de los 40. Corea quedó dividida entre norte y sur con las nuevas ocupaciones de la Unión Soviética y Estados Unidos respectivamente. Las y los habitantes de Jeju protestaron la ocupación estadunidense así como la división de las Coreas lo que llevó nuevamente a conflictos con el gobierno. El 03 de abril de 1948 inició lo que posteriormente sería llamado el «Incidente Jeju 4.3», donde el pueblo de Jeju, organizado por el Partido de los Trabajadores, empezó una serie de protestas y ataques al gobierno que duraron cerca de siete meses. Se estima que cerca del 10% de la población de la isla (alrededor de 30,000 personas) fallecieron en estos encuentros. En la villa de Bukchon, la mayoría de los sobrevivientes fueron mujeres y niños, por lo que muchas mujeres empezaron a entrenarse como Haenyeo para subsistir.
Es por toda esta historia que las Haenyeo siguen dándole una gran importancia a su organización comunal y a la labor que realizan. «Se reúnen en la costa al menos tres veces a la semana a las siete de la mañana», me explica la investigadora mexicana Diana Aguilar de la Universidad de California en Los Ángeles, quien fue a distintas comunidades de Haenyeo en Jeju para estudiar la genética de las mujeres buceadoras. «A algunas las llevaban sus esposos y otras llegaban por su cuenta en motocicletas», cuenta Diana. «Toman un desayuno ligero mientras platican entre ellas, y cerca de las ocho ya están listas para sumergirse».
Dependiendo de la cooperativa de las buceadoras, pueden elegir una zona de pesca y recolección cerca de la costa a la que pueden llegar nadando o utilizar un bote que las lleve un poco más mar adentro. Las Haenyeo llevan un wet suit – un traje de buceo de neopreno -, una de las pocas adaptaciones modernas a su práctica, un cinturón con pesas que les ayuda a sumergirse, un visor, una hoz en forma de L, y una canasta amarrada a una boya naranja donde van colocando la pesca del día.
«Regresan a la isla cerca de cinco horas después», comenta Diana. «Algunos de los maridos ya están esperándolas en la orilla para ayudarles a cargar el equipo y la pesca». Durante este tiempo, llegan a hacer hasta 80 buceos libres, es decir, sin tanque de oxígeno, a profundidades alrededor de los 10 metros y generalmente con duraciones de 30 segundos, aunque se han registrado inmersiones de hasta 20 metros de profundidad y hasta tres minutos de duración. Lo que más resalta es que durante estas cinco horas «pasan más de la mitad del tiempo bajo el agua» explica Melissa Ilardo, investigadora de la Universidad de Utah y coordinadora del estudio. «Al salir del mar suelen reunirse todas alrededor de una fogata», continúa Melissa. «La fogata es llamada bulteok», y es un espacio de camaradería y confianza, donde se discuten tanto cuestiones personales como sobre la pesca del día.
«Las buceadoras empiezan a sumergirse desde niñas, pero cuando les preguntamos que a qué edad empezaron, todas nos contestaban que a los 15 años», me explica Diana, «y es que a los 15 es cuando pueden empezar a llamarse Haenyeo». Es una tradición de familia, las pequeñas aprenden a bucear y nadar practicando junto con sus madres y abuelas, quienes les enseñan distintas técnicas de nado, pesca, recolección y respiración, incluido el sumbisori. En las reuniones del bulteok hay una jerarquía histórica y asientos designados, las más jóvenes, y que por lo tanto quedan a los extremos de la fogata, son llamadas hagun; les siguen las junggun, y las más experimentadas y con el asiento central son las sanggun. Dentro de las discusiones que se tienen cerca del fuego, está la de delimitar ciertas zonas para el buceo; por ejemplo, está el halmang badang o «mar de las abuelas», que es una zona tranquila donde las mujeres mayores y las enfermas o lesionadas pueden bucear sin ponerse en tanto riesgo, así como el hakkyo badang o «mar de las escuelas», donde todo lo que se pesque en esa zona se donará a las escuelas locales.
Las discusiones también incluyen qué se va a pescar en cada temporada. Desde erizos de mar, caracoles, moluscos, algas marinas, pero no todo al mismo tiempo. Bien saben las buceadoras que todo tiene su temporada y si quieren seguir manteniendo esta relación simbiótica con el mar – las Haenyeo también hacen buceos dedicados a recolectar basura del fondo marino -, deben de respetar los tiempos de las especies y del océano.
«Cuando nos invitaban al bulteok siempre nos daban regalos», recuerda Diana, «un caracol, un pulpo, un guiso». El regalo era al mismo tiempo un recuerdo del espíritu comunal de las Haenyeo. «En casi todos los grupos que visitamos, la pesca era de todas, se dividía equitativamente, se compartía», agrega Diana; pero también era un recuerdo de las implicaciones del trabajo, las manos que obsequiaban el regalo «solían mostrar cicatrices, raspones, moretones».
Lo que Melissa, Diana y el resto del equipo de trabajo buscaban en su visita a Jeju era comprender qué cambios fisiológicos han sucedido en las Haenyeo después de siglos de practicar contínuamente el buceo libre. Algunas de las adaptaciones, como el sumbisori o la capacidad de reducir el ritmo cardiaco para conservar oxígeno durante las inmersiones se obtienen con el entrenamiento. Pero ¿podría haber adaptaciones genéticas?
Al sumergirse, los mamíferos experimentamos una reacción llamada el reflejo mamífero de buceo. Este reflejo se dispara por la combinación de aguantar la respiración (apnea) y el sumergirse en el agua, e implica principalmente tres componentes: la vasoconstricción, que redistribuye la sangre a órganos vitales, la reducción del ritmo cardiaco y el aumento en el tamaño del bazo. En un estudio previo – también liderado por Melissa – encontraron que en la población Bajau en Indonesia, donde los hombres llevan practicando el buceo libre desde hace miles de años, sus bazos eran 50% más grandes que el de sus vecinos que no buceaban. La relación entre el bazo y el buceo es que el bazo contiene una reserva de células rojas cargadas de oxígeno. Cuando el reflejo mamífero de buceo se activa, el bazo se contrae, liberando estas células al torrente sanguíneo.
Las Haenyeo son una población ideal para seguir investigando sobre los cambios fisiológicos del buceo sobre el cuerpo humano: al igual que los Bajau, llevan miles de años practicando el buceo, pero a diferencia de ellos, lo hacen en aguas mucho más frías, y lo practican principalmente las mujeres. Mujeres que bucean, además, durante todo su embarazo. Así que Melissa, siguiendo la invitación de su colega Joo-Young Lee de la Universidad Nacional de Seúl, y quien también participa en el estudio, decidió ir a Jeju para platicar con las Haenyeo, platicarles de la investigación y ver si querían participar.
«Podía haber múltiples resultados y variables», me explica Diana, «así que medimos distintos fenotipos fisiológicos». Uno de ellos fue el tamaño del bazo. «Es una medición divertida y sencilla, se hace con un ultrasonido portátil que conectas a una tableta». También se tomaron muestras para hacer un análisis genómico. «Es la primera vez que se secuencía el ADN de las Haenyeo», declara Diana. Otras mediciones como la presión arterial y el pulso (que se deben medir antes y después del buceo) no resultaron muy sencillas. En parte porque había que medirlo no solamente en las Haenyeo sino en mujeres coreanas que no se dedicaran al buceo y que, además, fueran más o menos de la misma edad.
Los números de las Haenyeo disminuyen drásticamente con cada generación. Se estima que en 1965 había un poco más de 23,000 mujeres buceadoras en Jeju, y que para 1970 ya habían decrecido a 14,000 tras la oportunidad de otros trabajos menos riesgosos. Actualmente sus números están cerca de las 200 buceadoras, y por lo mismo, son cada vez de mayor edad, promediando entre 60 y 70 años, y algunas sobrepasando los 80. «No les gusta que les digan viejas», confiesa Melissa, y aunque las Haenyeo están acostumbradas a largas jornadas de trabajo físico, sus contrapartes terrestres no suelen bucear mucho. «No podíamos pedirle a señoras coreanas de 60 años que bucearan para poderles hacer las mediciones», explica Melissa.
Para todo su estudio, publicado en mayo de 2025 en la revista Cell Reports, hicieron mediciones a tres poblaciones: 30 mujeres Haenyeo en Jeju, 30 mujeres no Haenyeo en Jeju, y 31 mujeres no Haenyeo en Seúl. Para simular el buceo y que se activara el reflejo de buceo, le pidieron a las participantes que aguantaran la respiración y sumergieran su rostro en un recipiente con agua fría. «Las Haenyeo pensaban que era un experimento un poco tonto», confiesa Diana, y claramente un tazón con agua no es lo mismo que todo un océano, pero el resto de las participantes agradeció no tener que sumergirse en el mar en pro del avance científico. Además, el experimento funcionó.
En cuanto al tamaño del bazo, «fue raro. El bazo de todas era más grande», me explica Melissa. Todas las mujeres de Jeju tenían bazos grandes, sin importar si eran Haenyeo o no. Las de Seúl tenían bazos de tamaño promedio. «Tal vez sea un factor ambiental lo que estamos viendo», ofrece Melissa como hipótesis.
Pero lo que sí encontraron fue una variante genética con evidencia de una selección natural fuerte. «Es una variante que está relacionada con la presión arterial diastólica», me explica Melissa, que es la presión que se mide en la pausa entre los latidos del corazón. La reducción de la presión arterial es muy fuerte, y está relacionado con el embarazo. «Uno de los mayores riesgos durante el embarazo – más para mujeres buceadoras – es la preeclampsia», añade la investigadora. La preeclampsia está caracterizada por una presión arterial alta y puede poner en peligro la vida tanto del feto como de la madre.
«En la presión arterial no hay mucho espacio para la variación», me explica Diana. «Los valores en humanos deben de mantenerse más o menos constantes. Cualquier aumento o reducción es un peligro, más aún durante el embarazo, por lo que es un blanco fuerte de la selección natural». Estas variantes genéticas de las Haenyeo parecen haberse esparcido a lo largo de los años al resto de la población de la isla. «Jeju tiene el mayor índice de hipértensión de Corea», comenta Melissa, «pero el menor índice de incidentes cardiovasculares». Es decir, no solamente protege los embarazos de las buceadoras, sino también al resto de la población isleña.
«Cuando hicimos el análisis genético también obtuvimos otra pista», señala Diana Aguilar. Uno de los genes que también parecía tener evidencia de selección natural es uno relacionado con la resistencia al dolor. «Pero también está relacionado con la resistencia al frío», continúa la investigadora. Es curioso pensar qué tan relacionados están el frío y el dolor en el cuerpo. Parece que al menos genéticamente se parecen mucho. Como si frío y dolor fueran hermanos. Si bien las Haenyeo utilizan actualmente trajes de neopreno, esta es una práctica «que se adoptó apenas en la década de los 70 u 80», me explica Diana, «y ellas llevan cerca de 2,000 años practicando el buceo».
La prueba que se utiliza es sencilla, simplemente se le pide a la persona que va a ser medida que sumerja su mano en una cubeta con agua y hielo y la deje ahí el mayor tiempo que pueda. Sin embargo «no contábamos con la información genética en nuestra visita a Jeju, así que no pudimos hacer la medición», me dice Diana.
Melissa y Diana regresaron unos meses después de haber tomado los datos para mostrarle los resultados a las mujeres con las que trabajaron. «Estaban muy interesadas en conocer qué habíamos encontrado», me dijo Diana. Los resultados les hicieron sentido a las buceadoras, aunque parece que tampoco le dieron demasiada importancia; finalmente, tenían que continuar con el trabajo del día, «y ellas se toman el trabajo muy en serio», comenta Melissa.
Le pregunté a las investigadoras si habían podido hablar con las Haenyeo sobre qué significaba para ellas ser probablemente la última generación de buceadoras, ser el final de la estirpe. «Están en paz con eso», me explicó Melissa. «Ser Haenyeo es muy difícil, varias de ellas mueren mientras bucean, es duro, es frío. Mientras, pueden ver cómo sus hijas y sus nietas están haciendo otras cosas con sus vidas, van a la universidad, estudian. Esto las llena de orgullo».
Si bien las Haenyeo tal vez ya no se sumerjan en las frías aguas de Corea, dudo que su legado termine en el mar. No solo porque hay un museo en Jeju que cuenta su historia, y las ha inmortalizado en distintas estatuas – una de ellas, embarazada -, ni porque hayan sido reconocidas en el 2016 como parte del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco. Sino que conociendo toda su historia, siempre que haya una lucha social, un sentido de comunidad, de amistad, una adaptación para cuidar a sus hijas e hijos, las Haenyeo van a estar presentes.
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