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El hombre que robaba cuerpos de niñas de los cementerios y los convertía en parte de su colección de juguetes del horror

* El ruso Anatoly Moskvin solía recorrer las tumbas durante las noches. La policía lo descubrió por casualidad. Fue internado en un psiquiátrico

MOSCÚ, 05 de agosto de 2026.- La tarde se había enfriado temprano, como suele ocurrir en los suburbios rusos de Nizhni Nóvgorod cuando termina octubre. El inspector Igor Vasiliev bajó del coche policial y avanzó por el angosto sendero de la calle Akademika Anokhina, hasta detenerse frente al edificio de tres pisos donde vivía un hombre solitario: Anatoly Moskvin. Nadie en la cuadra podía imaginar que en ese departamento pequeño y silencioso, durante más de una década, un profesor erudito considerado inofensivo ocultaba un secreto que pesaría sobre docenas de familias.

Un olor a humedad y descomposición inundó el departamento apenas los agentes forzaron la puerta. Libros apilados desde el suelo hasta el techo y muñecas vestidas al viejo estilo soviético sentadas por doquier. Pero ninguna de esas figuras era un juguete. Eran los cuerpos momificados de 26 niñas, cuidadosamente vestidas y dispuestas en sillas, sofás y la cama del dormitorio.

Anatoly Moskvin, historiador y lingüista reputado, recibía a la policía con esa suéter gris siempre muy limpio y una serenidad desconcertante. «¿Por qué están tan alterados?», preguntó, con voz suave. Uno de los detectives señaló con la mirada el sofá, donde la cabeza infantil de lo que parecía una muñeca sobresalía entre almohadones. El horror de la verdad empezaba a tomar forma. Un intelectual que coleccionaba muertos.

Nacido en 1956, Moskvin fue un niño introvertido, brillante, con un expediente escolar intachable y un don inusual para los idiomas. Llegó a dominar trece. Su vida transcurrió entre libros sobre historia de Rusia, tumbas antiguas y redacciones académicas que lo llevaron a colaborar para universidades.

Su obsesión comenzó temprano. Según relataría después a los psiquiatras, a los doce años fue arrastrado por la fuerza al funeral de una niña de la aldea vecina. Los adultos le obligaron a besar el cadáver, como último adiós. Años después, contó que a partir de entonces la muerte dejó de inspirarle miedo.

En entrevistas previas a su detención, publicó artículos sobre rituales funerarios en diferentes culturas, viajes a cementerios y el folclore eslavo. Su firma resultaba respetada en el mundo académico. Pero algo en sus rutas de investigación lo llevaba cada vez más hacia los cementerios olvidados.

Entre 2005 y 2011, las autoridades de Nizhni Nóvgorod detectaron profanaciones en al menos una docena de cementerios. Los registros civiles mostraban que tras esas visitas clandestinas desaparecían restos de niñas de entre tres y quince años. Las tumbas aparecían abiertas y a las familias les decían que podrían tratarse de actos vandálicos.

Lo que no sabían era que las desapariciones respondían a un método, no al azar. «Revisaba la prensa local por reportes de fallecimientos recientes, caminaba los cementerios durante el día y de noche regresaba con sus herramientas», relataría después el investigador principal del caso, Nikolai Smirnov.

Fue un operativo casi fortuito el que llevó a la policía hasta el pequeño departamento. Los investigadores habían detectado mensajes crípticos y símbolos en lápidas profanadas. La combinación de fechas y referencias solo era comprensible para alguien con conocimientos de paleografía y lenguas muertas.

Cuando los agentes finalmente enfrentaron a Moskvin, este se mostró cooperativo, casi cortés. El interrogatorio inicial duró varias horas.

– ¿Por qué desenterraste los cuerpos? preguntó el detective Smirnov, mientras grababan la sesión.

– No quise hacerles daño – respondió Moskvin, sin levantar la voz -. Solo quería que no estuvieran solas. Cada año, cuando las visitaba, me daba cuenta de que a nadie más le importaban.

– ¿Por qué las llevaste a tu casa?

– Porque podía cuidarlas. En la tumba, toda niña queda olvidada.

Ni los policías ni los psicólogos ni la fiscalía podían comprender aún la magnitud de lo que describía el detenido.

Los psiquiatras designados por el tribunal analizaron a Moskvin durante meses. Concluyeron que padecía una variante aguda de esquizofrenia paranoide y un cuadro obsesivo agravado por traumas de la infancia. La pulsión no respondía al deseo sexual. Era una compulsión de negar la muerte.


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