* Lal Bihari fue declarado fallecido a los 15 años tras un soborno que permitió a su tío quedarse con su herencia.
NUEVA DELHI, 29 de octubre de 2026.- Lal Bihari, agricultor del distrito de Azamgarh, en el estado indio de Uttar Pradesh, descubrió en 1976 que estaba legalmente muerto. Tenía 21 años cuando acudió a un banco para solicitar un crédito con la propiedad heredada de su padre como aval.
Al presentar sus documentos, los funcionarios le informaron que figuraba como fallecido desde el 30 de julio de 1976, fecha en la que tenía apenas 15 años.
Su sorpresa fue mayor cuando supo que la tierra que decía poseer estaba registrada a nombre de su tío, quien había sobornado a un funcionario para declarar su muerte y así apropiarse del terreno, de menos de una hectárea.
El intento de Bihari por demostrar que seguía vivo se topó con la indiferencia del sistema administrativo. Como relatan los registros del caso, la burocracia india era capaz de aceptar fácilmente un soborno, pero no de corregir un error.
Pronto descubrió que no estaba solo. Al menos un centenar de personas vivían la misma situación: declaradas muertas en documentos oficiales, despojadas de sus propiedades y sin forma de revertir el fallo. Esa realidad lo llevó a iniciar una lucha prolongada que duraría casi dos décadas.
Ante la falta de respuestas judiciales, Lal Bihari fundó la Mritak Sangh, la Asociación de Muertos Vivientes. La organización comenzó en Uttar Pradesh, pero pronto identificó más de 20,000 casos similares en todo el país.
Los miembros de la asociación realizaban encuentros llamados «reuniones de esqueletos», en los que compartían experiencias y buscaban estrategias para ser reconocidos nuevamente como vivos. La mayoría eran personas pobres, ancianas o con discapacidad, muchas analfabetas, que firmaban con la huella de su pulgar.
Bihari descubrió también que la mayoría de las víctimas habían sido declaradas muertas por familiares que querían quedarse con sus bienes, y que muchos de ellos recibían amenazas si intentaban denunciar el fraude.
Su abogado le advirtió que el proceso legal podía tardar años. Por eso, Bihari decidió recurrir a acciones públicas para llamar la atención. Se añadió el apellido «Mritak» (muerto) a su nombre y protagonizó actos provocadores: lanzó panfletos contra funcionarios, se enfrentó físicamente a algunos de ellos e incluso secuestró al hijo de su tío, con el objetivo de ser arrestado y obtener así un documento que probara su existencia.
Tampoco tuvo éxito cuando solicitó una pensión de viudedad para su esposa, argumentando que, si él estaba muerto, ella debía ser considerada viuda. En 1989 acudió a la Asamblea de la India gritando «Mujhe zinda karo» («Dadme la vida»), pero fue expulsado. Ese mismo año intentó postularse a las elecciones contra figuras políticas como Rajiv Gandhi, pero se lo impidieron porque seguía oficialmente muerto.
Tras años de protestas, el 30 de junio de 1994, un magistrado del distrito de Azamgarh reconoció oficialmente que Lal Bihari estaba vivo, poniendo fin a 18 años de «muerte legal». Pese a recuperar su identidad, decidió permitir que su tío continuara usando la tierra disputada. «Con el reconocimiento de que tenía razón, era suficiente», afirmó.
Sin embargo, su lucha no terminó allí. Bihari inició un proceso para reclamar una indemnización de 25 millones de rupias (unos 300,000 dólares actuales) por los años en los que vivió sin derechos civiles ni acceso a servicios. Según declaró, todos esos años los dedicó a demostrar su existencia, una tarea que el propio sistema se negaba a aceptar.
La vida de Lal Bihari inspiró la película ‘Kaagaz’, dirigida por el actor y realizador indio Satish Kaushik, que retrata la dependencia del sistema de un simple documento. En la cinta se repite una frase que resume la ironía de su historia:
«El papel te hace y te destruye también… el papel es el permiso para vivir o morir».
La película se convirtió en una crítica al exceso de burocracia en India y a la corrupción que puede convertir a un ciudadano vivo en un muerto oficial.
El fenómeno de los «mritak» sigue siendo una realidad en varias regiones rurales de India. Muchas víctimas, sin recursos para pagar abogados, quedan atrapadas durante años en un limbo legal. Algunos, como el contable Nath Gupta o el monje Paltan Yadav, citados en el mismo reportaje, perdieron sus hogares y medios de vida tras ser declarados muertos por familiares.
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