WASHINGTON, 13 de agosto de 2025.- El trastorno del espectro autista (TEA), un conjunto de condiciones neurológicas que impactan la conducta y la interacción social, ha experimentado una transformación significativa a lo largo de la historia. En un pasado no tan lejano, el TEA era desconocido, y su comprensión se limitaba a márgenes inciertos. La historia de Donald Triplett, desempeñó un papel crucial al convertirse en la primera persona oficialmente diagnosticada con TEA.
Donald Triplett nació el 08 de septiembre de 1933, en Forest, Mississippi. A primera vista, no había nada extraordinario en el pequeño Donald a simple vista. Sin embargo, sus padres, Oliver y Beamon Triplett, notaron diferencias en su comportamiento desde una edad temprana.
A medida que crecía, Donald mostraba un interés obsesivo por ciertos objetos, como las luces parpadeantes y los números. También evitaba el contacto visual y parecía indiferente a las interacciones sociales típicas de los niños de su edad. Estos comportamientos, que ahora reconocemos como posibles indicadores de TEA, desconcertaron a sus padres y a la comunidad en general.
Preocupados por el desarrollo atípico de su hijo, sus padres buscaron respuestas en un momento en que el conocimiento sobre los trastornos del espectro autista era escaso. Después de consultar con varios médicos locales sin obtener respuestas claras, la familia Triplett se dirigió al especialista en neurología infantil Leo Kanner en la Universidad Johns Hopkins en 1942. Quien, tras observar y analizar a Donald, contribuyó a la formulación de los criterios diagnósticos iniciales del autismo.
Leo Kanner, pionero en el campo de la psiquiatría infantil, fue el primero en identificar y describir el autismo infantil. En 1943, presentó al mundo su observación detallada de 11 niños, entre ellos Donald Triplett, describiendo patrones de comportamiento únicos que no encajaban en las categorías de diagnóstico existentes.
Dicho autor publicó un artículo en 1943 titulado «Trastornos Autistas del Contacto Afectivo», trabajo que marcó el reconocimiento oficial del autismo como una entidad clínica distinta. En él se destacó la falta de interés en las relaciones sociales, la repetición obsesiva de actividades y la resistencia al cambio.
Posteriormente, y en conjunto, los mencionados rasgos fueron fundamentales para la inclusión del TEA en los manuales diagnósticos, así como también para la conciencia general sobre la condición. En definitiva, aunque evolucionaron con el tiempo, sentaron las bases para la identificación y comprensión del TEA como una entidad clínica única, contribuyendo significativamente al desarrollo posterior de criterios diagnósticos más precisos y refinados.
Antes de la introducción del TEA en la tercera edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders ,DSM-III), las descripciones y diagnósticos de los trastornos autistas eran limitados y, en muchos casos, se confundían con otras condiciones, como la asociación con la esquizofrenia, llevaron a diagnósticos errados durante mucho tiempo. Con la inclusión oficial del TEA en el DSM-III, se establecieron criterios más precisos y una comprensión más clara de las diversas manifestaciones del trastorno.
Asimismo, la transición de un enfoque monolítico en el DSM-III a una perspectiva dimensional en el DSM-V (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition) marcó otro hito importante. En este sentido, la eliminación de subcategorías como el trastorno autista, el trastorno de Asperger y el trastorno generalizado del desarrollo no especificado, en favor de una sola categoría de TEA, reconoció la variabilidad intrínseca del espectro.
Después de su diagnóstico, regresó a su vida en Mississippi. Aunque la comprensión del autismo en ese momento era limitada, los padres de Donald hicieron todo lo posible para proporcionarle un entorno de apoyo. De esta manera, lo alentaron a seguir sus intereses particulares, y aunque enfrentó desafíos en la interacción social, encontró su nicho en las estructuras y rutinas predecibles.
A medida que crecía, su historia se fue convirtiendo en referencia para otras familias que enfrentaban situaciones similares. Por último, aunque el estigma y la falta de información sobre el autismo persistieron durante décadas, su historia ayudó a cambiar la percepción pública y a fomentar la investigación sobre el TEA.
En conclusión, la historia de Donald Triplett ha desempeñado un papel fundamental en la evolución del conocimiento y la comprensión del trastorno del espectro autista. Su condición, diagnosticada por el pionero Leo Kanner en 1942, marcó el comienzo de la identificación oficial del autismo como entidad clínica distinta.
Sin embargo, aún queda mucho por aprender y mejorar en términos de intervención y apoyo. ¿Cómo podemos contribuir a una sociedad más inclusiva para las personas con TEA?
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