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Descubren huellas dactilares de artesanos y funcionarios en el reverso de sellos de arcilla de la antigua Jerusalén

JERUSALÉN, 06 de julio de 2026.- Cuando un pedido llega a casa, el consumidor contemporáneo inspecciona el precinto del embalaje: una lámina de plástico o una cinta adhesiva que garantiza que nadie ha abierto la caja antes de tiempo. Esa necesidad de verificar la integridad de un envío no es un capricho moderno, sino un eco directo de prácticas milenarias.

En la Jerusalén de la antigüedad, quienes deseaban proteger el contenido de un documento o una mercancía recurrían a unas piezas de arcilla denominadas bullae (en singular bulla), que se adherían a los cierres de papiros, sacos y jarras para asegurar que el trayecto desde el punto de origen hasta el destinatario no hubiera sufrido manipulaciones.

Un proyecto de investigación reciente, financiado por la Israel Science Foundation y liderado por los arqueólogos Joe Uziel y Yiftah Shalev, ha puesto el foco en una zona de estas bullae que hasta ahora había recibido poca atención: el reverso.

Mientras que el anverso de estos sellos de arcilla suele lucir las impresiones de un sello personal o administrativo – un detalle que ha servido durante décadas para identificar a escribas, funcionarios o reinados -, la cara posterior, la que estuvo en contacto con el material que cerraba, ha permanecido sistemáticamente al margen de los estudios sistemáticos. El equipo de Uziel y Shalev ha decidido cambiar esa dinámica.

Mediante el examen minucioso de esas superficies traseras, los investigadores tratan de responder a una pregunta básica pero esquiva: ¿qué protegían exactamente esas bullae? La respuesta no es trivial, porque la identificación del soporte – ya fuera papiro, lona de lino o una tabla de madera – proporciona pistas directas sobre los circuitos comerciales, los sistemas de almacenaje y los hábitos administrativos de la Jerusalén antigua.

Una bulla que preserva las huellas de un rollo de papiro apunta a la circulación de documentos escritos, probablemente de carácter legal o contable. Otra que presenta la textura de un saco de lino sugiere el transporte de productos agrícolas, grano o especias.

Incluso las marcas dejadas por cajones o arquetas de madera pueden ser identificadas con técnicas de análisis superficial, lo que amplía el espectro de objetos custodiados por estos modestos dispositivos de seguridad.

Para llevar a cabo esta tarea, el proyecto ha incorporado herramientas propias de la ciencia de materiales y de la metrología digital. El escaneo tridimensional, aplicado sistemáticamente a las bullae conservadas, permite reconstruir la topografía del reverso con una precisión micrométrica.

Esa geometría superficial, a su vez, se compara con referencias experimentales: sellos de arcilla modernos fabricados sobre papiro, lino o madera, cuyas texturas quedan impresas en la pasta blanda antes de su cocción. La combinación de estas réplicas controladas con los ejemplares arqueológicos ofrece un catálogo de patrones que facilita la adscripción de cada bulla a una categoría de contenedor o soporte.

Paralelamente, el análisis geoquímico de la propia arcilla ha proporcionado una segunda capa de información. La composición elemental y los isótopos de las muestras pueden rastrearse hasta yacimientos de origen, lo que permite determinar si la arcilla utilizada para fabricar una bulla era local de Jerusalén o procedía de regiones más lejanas.

Este dato, cruzado con la naturaleza del objeto sellado, dibuja mapas de intercambio mucho más complejos que los deducibles únicamente de los sellos grabados en el anverso. Un sello oficial de la administración jerosolimitana que aparezca sobre arcilla extraída de, por ejemplo, la cuenca del Jordán, podría indicar que los funcionarios enviaban materiales sellados a distancia o que recibían suministros desde fuera. En otros casos, la coincidencia entre el origen de la arcilla y el tipo de textura del reverso ayuda a discernir si el sellado se realizó en el punto de expedición o en el de llegada.

Entre los hallazgos más personales que arroja este enfoque se encuentran las huellas dactilares. La arcilla, cuando estaba aún húmeda y maleable, retuvo las crestas papilares de quien presionó la bulla contra el cordel que cerraba el paquete. El equipo de Uziel y Shalev ha logrado recuperar e individualizar esas impresiones mediante técnicas de fotogrametría y reflectancia transformada.

Aunque la antigüedad de los restos impide emparejarlas con identidades concretas, su morfología permite estimar la edad y el sexo del artesano o el funcionario que manipuló cada pieza, así como la fuerza aplicada en el sellado. Estas trazas, que ningún relato escrito habría podido conservar, convierten a las bullae en testimonios somáticos del pasado.

Un factor decisivo para la conservación de estos objetos ha sido la violencia. La inmensa mayoría de las bullae halladas en excavaciones de Jerusalén no llegaron a nuestros días gracias a un cuidado deliberado, sino como resultado de incendios urbanos.

Cuando un depósito de arcilla arde a alta temperatura – en un palacio arrasado, un mercado incendiado o una torre calcinada durante un asedio -, la pieza se vitrifica superficialmente y adquiere una dureza cerámica que resiste la erosión milenaria. Las bullae que no sufrieron ese proceso, por el contrario, se rehidrataron con el tiempo y se desmoronaron.

Así, la misma destrucción que borró barrios enteros y sepultó generaciones fue la que coció al horno de manera accidental estos indicadores de confianza. El fuego, agente de desaparición, se reveló como un aliado paradójico de la arqueología.

El proyecto codirigido por Uziel y Shalev se encuentra aún en fase de recolección de datos, pero sus responsables han adelantado que los primeros resultados sistemáticos se publicarán en el próximo año académico. De momento, el análisis de una treintena de bullae procedentes de distintos estratos de la Edad de Hierro ha permitido distinguir al menos cuatro tipos de texturas compatibles con papiro, dos con lino y uno con madera.

Las huellas dactilares han aparecido en más de la mitad de las piezas, en muchos casos superpuestas a las marcas de la cuerda o el tejido. La procedencia geoquímica de las arcillas apunta, en un primer cribado, a una combinación de fuentes locales jerosolimitanas y otras situadas en la zona de Samaria.

Los investigadores insisten en que esta línea de trabajo no solo amplía el conocimiento sobre las técnicas de embalaje y autentificación en la antigüedad, sino que también modifica la interpretación de los propios conjuntos de bullae.

Hasta ahora, la atención exclusiva al anverso llevaba a clasificar los sellos por su iconografía o inscripción, asumiendo que todos los ejemplares con un mismo motivo procedían de contextos funcionales análogos. La evidencia del reverso muestra que un mismo tipo de sello podía emplearse indistintamente sobre papiro y sobre lino, lo que obliga a revisar la supuesta especialización administrativa de ciertos talleres o funcionarios.

A medida que la tecnología de escaneo y los protocolos de análisis geoquímico se perfeccionan, los arqueólogos esperan poder reconstruir no solo el itinerario geográfico de cada bulla, sino también el gesto de quien la fabricó y la puso en su sitio. La confianza, en definitiva, sigue siendo el eje de cualquier transacción, ya se trate de un paquete de comercio electrónico o de un cesto de higos sellado con arcilla en las puertas de Jerusalén.


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