* La antrozoóloga Paula Calvo explica que un gato comunitario que ha crecido viendo su territorio como su hogar y a los humanos como posibles amenazas no puede «reprogramarse fácilmente»
MADRID, 18 de noviembre de 2025.- En nuestras ciudades y pueblos, es habitual cruzarnos con ellos. Viven en solares, parques o calles tranquilas, y a menudo despiertan en nosotros un profundo instinto de protección. Vemos un gato en la calle y nuestra primera reacción, nacida de la mejor intención, es pensar que necesita ser «rescatado» y llevado a un hogar. Sin embargo, cuando hablamos de bienestar animal, es crucial diferenciar entre un animal doméstico perdido y un gato comunitario.
Para la doctora Paula Calvo, antrozoóloga, aplicar la misma solución a ambos no solo es ineficaz, sino que puede ser profundamente perjudicial para el gato.
Antes de nada, debemos entender este concepto. Un gato comunitario no es un gato abandonado (aunque su linaje pueda proceder de uno), sino un animal que vive sin un tutor legal específico y que circula libremente por un territorio que considera su hogar. Estos felinos, que descienden del gato montés africano, han evolucionado en paralelo a los asentamientos humanos durante milenios. No son animales estrictamente «salvajes», pero tampoco son «domésticos» en el sentido en que lo es un gato que duerme en nuestro sofá.
Forman lo que conocemos como «colonias felinas». El adjetivo «comunitario» surge precisamente porque, para asegurar su bienestar, son monitoreados y cuidados por miembros, personas, de esa misma comunidad: las gestoras de colonias.
Sí. Y precisamente ahí es donde la teología (ciencia del comportamiento animal) es clara. A menudo pensamos en los gatos como seres solitarios, pero la realidad es más compleja. Estudios de referencia sobre el comportamiento felino, como los recogidos en el libro de referencia en etología felina The Domestic Cat: The Biology of its Behaviour (Turner & Bateson), demuestran que los gatos que viven en libertad pueden formar estructuras sociales complejas.
Estas colonias se basan en la disponibilidad de recursos y, a menudo, en lazos de parentesco. Su mundo se define por su territorio. Utilizan un lenguaje sofisticado invisible para nosotros, basado en marcas olfativas y feromonas (que son señales químicas que transmiten mensajes específicos a otros gatos sobre su estado o el territorio), para comunicarse, establecer jerarquías y evitar conflictos. Su territorio no es solo «donde viven»; es su mapa social, su despensa y su zona de seguridad.
Nuestra intención al recoger un gato de la calle es buena: «Quitarlo del peligro». Sin embargo, para un gato comunitario, esta acción bienintencionada suele tener consecuencias nefastas. En primer lugar, el estrés del confinamiento. Para un animal que no ha sido socializado con humanos desde una edad temprana (durante su «periodo sensible», entre las 2 y las 9 semanas de edad), el encierro y el contacto humano cercano no son un alivio, son una captura e incluso una tortura.
Sí, y las nefastas consecuencias de este estrés son tanto físicas como psicológicas: su sistema inmunológico se deprime, haciéndolos vulnerables a infecciones respiratorias y otros virus comunes en refugios. En segundo lugar, estos gatos son funcionalmente «inadoptables» en un entorno doméstico. En el refugio, este gato no buscará caricias; se esconderá, bufará y rechazará el contacto. Será catalogado como «feral» o «arisco». Esto lo excluye del circuito de adopción estándar y nos lleva al tercer punto: la saturación del sistema.
Los refugios ya están desbordados de animales domésticos abandonados que sí necesitan un hogar. Introducir gatos comunitarios colapsa el sistema y consume recursos vitales. En un sistema saturado, un gato sano, pero «inadoptable» tiene un riesgo extremadamente alto de ser eutanasiado para hacer sitio (aunque supuestamente esté prohibido en nuestro país), o de acabar pasando el resto de sus días encerrado en lo que considera una cadena perpetua en una prisión terrorífica.
Para la inmensa mayoría de los gatos comunitarios, la ciencia y la experiencia nos ofrecen una solución ética y eficaz: el Protocolo C.E.R. (Capturar, Esterilizar y Retornar). Este método, que es el único que funciona a largo plazo, consiste en capturar de forma humanitaria, es decir, atrapar los miembros de una colonia, para luego esterilizarlos y marcarlos (generalmente con un pequeño corte en la oreja) para identificarlos como miembros de una colonia controlada, y una vez recuperados de la cirugía, devolverlos exactamente su mismo territorio.
La próxima vez que veas a un gato en la calle, recuerda que su bienestar no depende de un sofá, sino del respeto a su naturaleza. La mejor forma de cuidarlos no es rescatándolos de su hogar, sino ayudando a las gestoras de colonias y a los programas C.E.R. a mantener ese hogar saludable y controlado.
Descubre más desde Fernanda Tapia
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

