ÁMSTERDAM, 15 de enero de 2026.- En los Países Bajos, cuando una persona fallece sin familia ni amigos que asistan al funeral, la ceremonia no queda en silencio.
Está presente un funcionario civil, que representa a la comunidad. Y a su lado se encuentra un poeta. La idea nació para evitar que el último adiós se convirtiera en un acto puramente burocrático.
El poeta recibe los escasos detalles disponibles: un nombre, una fecha, tal vez un empleo, una dirección… a veces solo un único dato mínimo. De estos fragmentos, se escribe un texto especialmente para esa vida.
Durante la ceremonia, el poema se lee en voz alta. No celebra logros, ni inventa afectos. Recoge con cuidado lo que queda. Convierte un adiós anónimo en un gesto humano. No es un gran ritual público.
Es algo sencillo, casi invisible. Sin embargo, en ese momento, el fallecido ya no está solo. Alguien pronuncia su nombre. Alguien lo reconoce.
Y tal vez este sea el sentido más profundo de la iniciativa: recordarnos que una vida, incluso cuando termina en silencio, merece ser despedida por una voz.
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