PEKÍN, 21 de septiembre de 2026.- Durante 32 años, Li Jingzhi se negó a aceptar que nunca volvería a ver a su hijo. Jia Jia tenía solo dos años cuando desapareció en 1988 en la ciudad de Xi’an, China.
Ese día, Jingzhi estaba de viaje por trabajo y el niño se había quedado con su padre. Bastaron dos minutos de distracción, mientras preparaba agua para el niño, para que Jia Jia fuera secuestrado.
A partir de entonces, la búsqueda de su hijo se convirtió en la única obsesión de Jingzhi. Distribuyó alrededor de 100,000 folletos, viajaba en tren los fines de semana a diferentes regiones e investigó más de 300 posibles pistas. Ninguna la trajo de vuelta. El matrimonio terminó y hubo momentos en que el sufrimiento casi la hizo perder las fuerzas. Sin embargo, un médico le dijo algo que la marcó: debía conservar la lucidez para poder reconocer a su hijo si algún día regresaba. Y ella continuó.
Décadas después, la policía localizó a un hombre que vivía en Chengdu, a unos 700 kilómetros de distancia. Una prueba de ADN confirmó lo que Jingzhi había esperado durante más de tres décadas: era su hijo.
La noticia llegó el 10 de mayo de 2020, Día de la Madre. Cuando finalmente se encontraron cara a cara, Jia Jia corrió hacia ella, gritó «¡Mamá!» y se arrojó a sus brazos.
Ya no era el niño de dos años que había desaparecido. Era un hombre hecho y derecho. Pero para aquella madre que había pasado 32 años buscándolo, había algo en aquel reencuentro que el tiempo no había podido borrar: la forma en que su hijo volvía a sus brazos.
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