Mientras que las administraciones de Marcelo Ebrard y Miguel Ángel Mancera lo negaban con frases como son “hechos aislados” o “la ciudad está blindada”, el fenómeno narco se expandió como nunca antes por la otrora región más transparente y su área metropolitana.

La investigación de Sandra Romandía, David Fuentes y Antonio Nieto, da cuenta de algunos de los hechos más relevantes en la última década buscando respuestas a cómo escaló este control criminal en la ciudad donde los homicidios y pleitos entre distintos grupos o bandas se volvieron cada vez más frecuentes. Citan informes oficiales que alertan por lo menos desde el año 2007, sobre la presencia de miembros de cárteles como Juárez, Sinaloa y Tijuana, y entre los acontecimientos significativos que desembocaron en la actual problemática relacionada con el narco en Chilangotitlán destacan en su libro la detención de Edgar Valdés Villarreal, la Barbie (en 2010), la creación poco antes de La Unión, así como los asesinatos en 2017 de Felipe de Jesús Pérez Luna, el Ojos, y de Francisco Javier Hernández, Pancho Cayagua.

Si bien en el caso de la Barbie y su relación con los grupos locales se echan de menos otras pistas para saber cómo un matón venido a más logra reunir y convencer a diversos cabecillas de un lugar que históricamente ha sido centro destacado en la distribución de drogas ilegales en el ex Distrito Federal, lo cual debe implicar tener sus propios proveedores mayoristas o hasta ser ellos mismos importadores directos de cocaína, nos muestran algunos efectos de esta descomposición como el pleito de los remanentes de los remanentes del cártel de Arturo Beltrán Leyva o la aparición de la Mano con Ojos, y confirman que no hay crimen organizado sin la complicidad de agentes del Estado pues, entre otros casos, cuentan que entre los fundadores de la llamada Unión Tepito está un ex federal apodado el Moco. O los alcances de la estrategia de absorber narcomenudistas y asesinar a quienes se negaran a trabajar para determinada organización, la cual pasó por el suroriente de la ciudad pero también en Huixquilucan, Naucalpan, Atizapán de Zaragoza, colonia Roma, Condesa, Polanco y Del Valle además de las inmediaciones del aeropuerto y, en mototaxis, en la alcaldía de Tláhuac.

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En las historias relatadas aparecen grupos locales y sus vínculos con los grandes cárteles, pero también se puede apreciar como ciertos hechos son convertidos por funcionarios (y validado por algunos medios carentes de rigor periodístico) en narrativas que buscan consciente o involuntariamente producir imaginarios sociales. El caso de el Ojos, por ejemplo, donde lo que en realidad parece ser un distribuidor mayorista de drogas dadas las evidencias públicas al respecto, que incluye una inverosímil versión de la Marina sobre su intervención ese día, fue convertido en el temible cártel de Tláhuac.

Otro componente importante relacionado con la actual problemática del narco, inseguridad y violencia en la ciudad de México, es la creación y desarrollo de la llamada Unión Tepito, Unión Insurgentes y de sus antagonistas, la Fuerza Anti-Unión. Procesos que incluyeron reacomodos, casos muy mediáticos como el del bar Heaven donde una de las víctimas era hijo de quien por varios años fue el distribuidor de drogas más conocido de Tepito, “mala publicidad” en YouTube a grupos rivales, fotografías falsas filtradas a la prensa, desaparecidos, omisión y contubernio de autoridades, e incluso hasta la participación de comerciantes hartos que en busca de justicia contratan a sus propios matones. Pero también que estos grupos se expandieron a las actividades típicas del crimen organizado parasitario (la producción y el tráfico de drogas no lo es), como el derecho de piso de 20% a restauranteros y dueños de bares, hacer del nombre una suerte de marca o franquicia criminal, o el control de la prostitución que incluía el uso de escorts para enganchar a víctimas de secuestro y chantaje; algunas de ellas también fueron asesinadas. Un rasgo significativo es que muchos integrantes de estas bandas, no pocos jóvenes, además de vestir con ropa de marca públicamente se hacían pasar por “influyentes, juniors o propietarios de antros”, es decir, de bares y giros negros. No en vano estos lugares son sitio predilecto para la venta de drogas al menudeo, con ganancias de entre 400 y 600 mil pesos el fin de semana según los autores; por eso las disputas visibles en corredores como la Roma-Condesa, Centro o Insurgentes.

Informes de autoridades capitalinas señalaban la existencia de cuatro grupos delictivos que podrían hacerse del liderazgo del narcomenudeo: en primer lugar, “el grupo comandado por Luis Eusebio Duque Reyes, El Duke; en segundo, Rodolfo Morales Rodríguez, El Gordo, líder de los Rodolfos; en tercero, Luis Felipe Pérez Flores, El Felipillo, cabeza del Cártel de Tláhuac, y en cuarto, David García Ramírez, El Pistache, quien trabajaba para El Betito” de la Unión. Los tres últimos ya fueron detenidos, y algunas fuentes consultadas por los autores consideran que los Rodolfos aún son una organización en ciernes. Así que el primero sería el más problemático, sobre todo porque un documento elaborado en el área de inteligencia de la SSP describe que se trata de un ex policía local adiestrado en el manejo de armamento de alto poder, combate cuerpo a cuerpo y tácticas antiguerrilla, cuyas disputas por el control del reclusorio Oriente con asesinados y mensajes escritos en cartulina lo dieron a conocer públicamente. En la cárcel, o cana como se le conoce en argot, trabajó al servicio de Juan José Quintero Payán, uno de los fundadores del cártel de Juárez, y con los años terminó heredando no solo el control de la prostitución, extorsión, venta de droga y los custodios, sino conexiones con mayoristas. La más reciente con un contador del Jalisco Nueva Generación cercano a su líder apodado el Mencho, a quien brindó seguridad y le compartió privilegios carcelarios que al paso del tiempo terminaron derivando en sociedades y asesinatos de dealers en diversas alcaldías de la metrópoli, cartulinas anunciando la llegada de ese cártel a la ciudad, y más muertos relacionados con luchas por el control de cárceles chilangas y del Estado de México; la red del duke, por supuesto, incluye ex policías locales y federales además de tener pleitos y alianzas con la Fuerza Anti-Unión de el Tortas, también ya apresado.

Así las cosas, para los autores el propósito sería “controlar puntos neurálgicos del valle de México, montar “oficinas” desde donde pueda dirigir bandas locales dedicadas al narcomenudeo, el cobro de piso y establecer relaciones con las autoridades locales”. Lugares como el Centro, Iztapalapa, Tepito o Ciudad Universitaria, por ejemplo. Una estrategia que no parece tan sencilla de lograr en una ciudad con las dimensiones y características de ésta, donde también existen otros distribuidores y vendedores independientes de estos grupos bien asentados en colonias e intersticios urbanos desde hace mucho tiempo. Hasta donde es posible saber, todavía cuentan con diversos proveedores y algunos de ellos incluso son policías o militares vecinos de la colonia. No les faltan armas como pistolas o ametralladoras con las que han llegado a enfrentarse a la policía o a incursiones de la propia Unión. Y esto es tan solo una parte del problema de inseguridad y violencia que deben enfrentar las actuales autoridades. Una lectura útil para comenzar a seguir las redes urbanas de la criminalidad asociada al mercado negro de las drogas.