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La mecánica cuántica no es magia y nada tiene que ver con el misticismo

* Miguel Alcubierre, investigador del Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM, desmitifica los discursos pseudocientíficos sobre la mecánica cuántica, analiza la búsqueda de una «Teoría del todo» y defiende el talento científico nacional frente a los retos económicos

MÉXICO, 16 de julio de 2026.- ¿Es el cosmos una maquinaria predecible regida por estrellas y agujeros negros, o un tablero caótico donde las partículas pueden habitar dos lugares a la vez? Desde hace décadas, la humanidad intenta responder esta pregunta con dos herramientas extraordinarias: la relatividad general y la mecánica cuántica. El problema es que, al intentar unirlas, las matemáticas se rompen.

En una era donde el término «cuántico» se ha desgastado en la publicidad de terapias alternativas y filosofías de bienestar, Alcubierre es tajante: la ciencia real no tiene nada que ver con el misticismo.

«La mecánica cuántica es una teoría poco intuitiva, difícil de entender. Incluso a veces los mismos físicos no sabemos exactamente qué está pasando; las matemáticas funcionan y podemos predecir cosas en el laboratorio, pero describirlo con palabras es complicado», admite el científico, recordando los históricos debates entre Albert Einstein y Niels Bohr en los años 30.

«Por desgracia, eso se presta a que la gente piense que es magia. Pero la mecánica cuántica no es magia. Es una teoría que describe el comportamiento de las partículas elementales y no tiene absolutamente nada que ver con la conciencia humana o con controlar nuestro destino. Usar el concepto para hablar de ‘medicina cuántica’ es completamente absurdo».

Para blindar el conocimiento de estas apropiaciones culturales, Alcubierre apuesta por una divulgación rigurosa pero accesible, apoyada en metáforas que tienen una fecha de caducidad clara: «Las metáforas son para dar una idea, pero no hay que empujarlas más allá de su límite de validez. Si un no especialista toma la metáfora para intentar refutar a los científicos, ahí ya está mal».

Al ser cuestionado sobre qué tan cerca estamos de unificar el mundo de lo macro (planetas, galaxias, expansión del cosmos) con el de lo micro (átomos y partículas), el físico reconoce que la humanidad lleva más de 70 años encallada en el mismo problema.

«Ha resultado ser muchísimo más complejo de lo que pensábamos. Pero el universo es uno. No podemos tener dos maneras incompatibles de describirlo», afirma. Pese a las dificultades, mantiene el optimismo: «Mi esperanza es que se logrará, es muy difícil decir cuándo. A lo mejor la gravitación no es una materia cuántica y tendríamos que pensarle por otro lado, pero la ‘teoría del todo’ tendrá que ser una sola que sea válida a todos los niveles».

Este dilema se extiende a las discusiones actuales sobre la materia oscura y la energía oscura, componentes invisibles que los astrónomos utilizan para explicar cómo se mueve el universo. ¿Realmente existen o es que la teoría de Einstein está incompleta?

«Hay una división de opiniones. El 95% de los cosmólogos creen que la materia y energía oscura existen y eventualmente sabremos qué son; una minoría cree que hay que cambiar la teoría. Como no hay respuesta, lo importante es investigar ambas avenidas», señala Alcubierre, dibujando un panorama de debate vivo dentro de la comunidad científica.

Frente a los desafíos económicos que enfrenta la ciencia en el país, y ante proyectos internacionales que requieren inversiones multimillonarias (como telescopios de última generación o aceleradores de partículas), Alcubierre defiende la posición de México no desde la chequera, sino desde el intelecto.

«México no es un país rico. No nos damos el lujo de invertir en grandes laboratorios, no tenemos aceleradores, ni lanzamos satélites, pero invertimos en ciencia a otro nivel y tenemos la capacidad intelectual que tiene cualquier lugar del mundo», explica.

Para el científico, la clave está en las alianzas internacionales, un terreno donde los investigadores nacionales ya brillan. «Nos toca entrar a colaboraciones aportando capital humano. México tiene presencia en el CERN en Ginebra, en los grandes telescopios del mundo y en los detectores de ondas gravitacionales en Estados Unidos y Europa. Hacemos cálculos, aportamos electrónica de vanguardia que no requiere inversiones astronómicas y demostramos que no se puede hacer ciencia aplicada (tecnología o medicina) si no se hace primero ciencia básica».

«La ciencia también es cultura. El aprender cómo funciona la naturaleza enriquece la cultura de una persona de la misma manera que leer a Cervantes, a Shakespeare o ver cine de arte», concluye. «Además, el razonamiento científico entrena el pensamiento crítico. Nos ayuda en la vida diaria a tomar mejores decisiones y a no caer en trampas ni fraudes».


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