En esta vida finita, donde el final inevitablemente nos visitará algún día, las despedidas nos duelen, nos provocan un dolor extraño, un dolor que sabe a metal oxidado, un dolor frío y que se acentúa por las noches.

Hoy quiero dedicar estas líneas para aquellas y aquellos que se han quedado sin el brillo de un ser amado, hoy dedico este texto para quienes el destino ha obligado a vivir en el dolor que deja un recuerdo de los que ya no están, escribo para los que hemos sido abandonados (me incluyo).

Hablar del dolor que dejan las despedidas de aquellos a quienes amamos, puede llevarnos según la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, a cinco etapas, en un primer momento a no aceptarlo, a negar el momento y a aplazar nuestro dolor, después llega el enojo, la ira, el resentimiento al sentir la vida injusta para nosotros, posteriormente entramos a la negociación, donde creamos realidades alternas, donde imaginamos que pasaría si no hubiera ocurrido la pérdida. Luego nos visita la depresión que viene en compañía de una inmensa tristeza y vacío, llegamos incluso a perder el sentido de la vida. Al final, llega la aceptación, donde ojo, no se trata de combatir el dolor que la ausencia nos provoca, buscamos en realidad aprender a vivir con esa falta de quien ya no está, de quien el cielo se ha convertido en su nuevo hogar.

Yo también he sufrido de la partida de seres queridos, de seres que adelantan su viaje y se convierten en ángeles que desde el momento de su partida comienzan a cuidarnos, comienzan a velar nuestros sueños (nunca lo duden, ellos están ahí, nos susurran al oído y nos siguen haciendo reír). Querida, querido lector la muerte duele a aquellos que nos quedamos, la muerte le duele a quienes no dijimos los suficientes “te quiero”, despedirnos de las personas que nos abrazaban por las mañanas y que ahora no lo harán más, son de las pruebas más duras que me han tocado vivir.

Gritemos tantos te amos a la gente que nos hace felices en este paso por la vida, abracemos hasta que los brazos nos duelan a todos esos seres que el destino  nos regaló, acompañemos a nuestra familia, esa que en las buenas, las malas y las peores sigue amándonos como somos, no miremos lo que se nos fue, ocupémonos de lo que nos quedó, esos recuerdos, esas palabras, esos momentos que en vida compartimos juntos y que hoy son polvo de estrellas.

Estas líneas pretenden acompañar una soledad inevitable, pretenden reconfortar en la distancia a ustedes, quienes se quedan, a quienes perdieron a un ser amado, estas líneas guardan un abrazo cálido para quienes ya no reciben caricias de sus mamitas, a quienes ya no tienen los consejos de sus papitos, a quienes ya no pueden ver sonreír a sus hijos. Para ustedes un apapacho de corazón a corazón.