Foto de @brendareginadolan


Tanto se ha escrito sobre el hombre macho mexicano, menos lo han hecho de la sumisa mujer mexicana, y es que sucede, que las imágenes mentales de estas dos figuras no necesitan delinearse mucho, pues ya están en el colectivo cultural.

Pensarse mujer en México implica dolorosamente vivir con miedo a ser asesinada, implica callar cuando habla el marido(¿aún se casa la gente?), saberse mujer es saber también qué hay que luchar para defender los derechos, que, por el simple hecho de nacer en un país “libre, soberano y con abundante democracia” ya le corresponderían. Construirse mujer en México es un acto revolucionario.

No señores, no es fatalismo, es la cruda realidad que a diario escuchamos, que a diario vivimos. Vivirse como mujer, sin embargo, también es un acto rebelde, de lucha diaria, de espacios ganados, de voces que se alzan y se juntan y se empatan y se vuelven sororidad pura.

Ser hombre, en cambio,  es llevar una delantera, no así si se es hombre homosexual, ahí la regla no aplica, tampoco aplica con los hombres trans, ni con los hombres  bisexuales.

Y aun, con estos escenarios, nos lanzamos a enamorarnos, a entregarnos a otras, a otros y a otres, y es que el viaje que nos espera cuando comenzamos a salir con alguien, siempre, siempre será una experiencia única, hermosa para unos, dolorosa para otros.

Si pensamos en una relación de pareja, más allá de sus orientaciones sexuales, consideremos, que cada uno de ellos trae contextos distintos, vivencias que les fueron construyendo sus caminos en direcciones distintas y que sin embargo el destino los juntó.

Uno aprendió el apego, aprendió a que las emociones se transmiten con abrazos, aprendió a cuidar, a consentir, a apapachar (en náhuatl), a estar pendiente del otro, por el otro lado, ese otro aprendió a recibir todo eso que le dan, a dejarse consentir, a proteger sus emociones mediante la hostilidad y el afecto escaso, aprendió que los abrazos deben pedirse porque son incapaces de darlos, esos, son los que no nos toman de la mano, los que nos acarician porque si, esos son los que no escriben cartas de amor ni dejan notas en la guantera, una bomba ¿no les parece? ¿cuántos de ustedes no se sienten identificados con este planteamiento? (Continuará)

Pero tranquilos, no se trata de balconear-nos, lo peligroso, es comprobar que en nuestro país, el amor a la mexicana se construye desde las cimentaciones de sumisión por un lado (la parte femenina generalmente) y la parte de dominación (representada, si, adivinaron, por la parte masculina).

No hay una asignatura que nos enseñe a como debemos primero amar-nos, para después amar-los, la familia debería ser quien nos enseñe el auto cuidado, el amor propio, pero ¿cómo van a hacerlo? si muchas de nuestras madres ni papás tuvieron, a muchos de nuestros padres les educaron pensando que llorar es de mujeres (viejas, dicen) o de maricas (homosexuales, dicen), cómo vamos a buscar refugio en nuestras familias si a muchos les obligan a vivirse en armarios.

Viva México, un país que nos siguen educando para que unos amen en demasía, hasta que duela (porque el amor de los mexicanos es hasta los huesos, se ahoga en alcohol y se cura con otra pareja de inmediato, como si las personas fuéramos cartuchos que una vez quemados podemos desecharnos) unos aprendieron a construir el amor por los otros al grado de vaciarse y emocionalmente quedar seco, mientras que a otros los enseñamos a que las emociones son de los débiles, que esta bien someter a quien nos abraza, engañar a quien nos espera, golpear a quien se preocupa por nosotros y asesinar a quien nos ama. Seguimos educando personas que asumen que esta bien engañar a nuestra pareja para cobrarnos la “revancha” o revisar su móvil para controlar con quien platica.

¿Qué hacer cuando uno da y no sabe pedir? ¿Cómo enseñarnos a saber recibir lo que el otro nos ofrece? Algunas sugerencias en nuestro siguiente texto.

Escribanos si le ha pasado: pedagogiaysexualidadrb@gmail.com