#LaVozDelLector | Mi mercadito mixcalco

87

Para algunos el encierro no puede ser creativo, porque llegan los fantasmas del hambre, la renta, los servicios; no hay encuentro espiritual, porque lo que aparece son la incomunicación cuando ya te cortaron el teléfono y el internet o se te acabaron los datos, y tienes que acostumbrarte a la comida fría o de lata porque ya no hay gas y se te retuerce el estómago no más de verla, ni siquiera puedes ver y disfrutar la epifanía de tu vida porque te cortaron la luz….
Es duro para muchos no saber que hacer en los 48 m2 que tiene el departamento para 4; ni saber como soportar el silencio o la soledad cuando son impuestas; no poderse concentrar en el mañana porque ni siquiera tienes resuelto lo de ayer o ya lo debes.
Que gusto oír a tantas que aprenden, leen, se reconectan con su ser interior, que encuentran la paz y el auto conocimiento, o simplemente que se dedican tiempo por fin después de años de autodescuido o enfrascamiento en el trabajo, la escuela o la familia, o por el contrario disfrutando por fin a los suyos; que gusto saberlas generosas, compartiendo lo que aprenden o sus saberes, sororas y atendiendo a la distancia, sin soltar, dando seguimiento y cuidado a otras, preocupadas por mantenernos bien informadas, y tratando de hacerle más llevadero a otros la contingencia y compartiendo y promoviendo a los pequeños comercios locales.
Que gusto que me da por ellas, mis amigas, y las que no lo son tanto, pero también me importan; saberlas bien o medianamente bien sobreviviendo la crisis, algunas tratando de ser fuertes ante sus propios demonios, librando otro tipo de duelos difíciles o peligrosos, cayendo y levantándose, rehaciéndose cada vez que se van perdiendo o de plano desbarrancandose, dejándose ir y descansar un poco, tan sólo para volver a guerrear.
Pero donde yo me muevo, mi espacio, mi barrio tan querido, tan alejado de la mano de la justicia social y tan cerca de Alsea, Coppel, Elecktra, Samborns… justo en medio de quienes deberían legislar por nosotros, de quien dirige el país, y de los que deberian ejercer justicia para nosotros; en el mero “ombligo de la luna”; aquí mi sitio, mi centro, me muestra cosas que dan rabia ciega, impotencia y desesperanza, ni siquiera por mi misma, si no por esos trozos de humanidad en perpetua aflicción que se ven aún mas desfavorecidos que lo que les es habitual, que no normal, y que desfilan frente a mí cada jornada, dejando otra realidad: pelona, infeliz, desgañitandose con gritos silenciosos para no desfallecer por su fuerza, con toda su brutalidad; esa realidad, la de las otras amigas y tantas conocidas desconocidas, que padecen ya no el día a día, sino la hora tras hora, en un espacio en el que ven pasar los minutos sin que llegue un cliente ni para el mercado, ni para la carne en la calle, ni para la fantasía que entre todos luchamos por vender.
Veo y escucho a las mujeres que recorren el mercado con la cada vez más lejana esperanza de que alguien les compre: “un taquito amiga, me lo pagas mañana”, “una quesadillita joven, están bien buenas”, “un cóctel de fruta güerita, ándele no sea así”, “un dulce, una paleta, una nieve, patrón que no he vendido”, “una florecita caballero, pa’ que no se me marchite”, “rollo de papel, un poco de gel o regáleme una moneda, lo que sea su voluntad jefecita”; y tú nomas oyendo como desde la primera hasta la décima vuelta les dicen o tú misma les contestas: “ay manita todavía no me persigno”, “uy mi chava, mejor pasa más tarde”, “es que ya comímos (pero sabes perfecto que ya no aguantas el hueco en el estómago), “como café con este calor Rosita, ya ni l’aces”, (pero de veras se te antoja para espantarte el sueño que no te deja desde las doce del día y apenas van a dar las tres y nadie la ha pintado)
Ellas se marchan con el rostro preocupado, muchas vienen con sus niños, alguien les comparte de vez en vez, lo que ya se acostumbraron a llevar desde sus casas, porque ya bastante es tan solo hacer el recorrido cruzando media ciudad, como para todavía pensar en gastar en comida o cualquier “chunche”, y todavía regresarte sin un “quinto” en la bolsa porque no hubo clientes ni siquiera “cafis”.
Y todas piensan, pensamos ante esta circunstancia que nos obliga: “que ganas de quedarse en casa y no saber más de angustias y deudas, que ganas de leer, mirar una película, que ganas solo de no pensar en la necesidad, que la soledad y el silencio o la algarabia y desmadre de los hijos, fueran voluntarios; que ganas de tener un cuarto donde llevar a los tuyos y protegerlos y resguardarlos… Pero no.
Siguen en la lista de quienes no hacen compras de pánico, mientras a su vez, las tiendas de sus barrios siguen anhelando que lleguen esas tropas resucitadoras para acabar con sus existencias y poder creer que alcanzaran a librarla, pero no llegaran; porque a los barrios pobres, no los salva nadie.
Ellas se van tristes, cansadas, enojadas, pero regresan, siempre regresan, y tú ya no sabes donde esconderte pa’ que no te ofrezcan sus productos, para que no tengas que volver a negarte, para no sentir en tus entrañas las ganas, el antojo, la necesidad de sus productos. Mientras las vemos irse también quedamos con el rostro descompuesto, pero sabes que hay que transformarlo con rapidez cuando escuchas pasos o palabras de alguien que se acerca y rauda y veloz vuelves a la retahíla: “pásale amiga, como que buscabas?, tengo vestidito en todos los colores y todas las tallas, como que te muestro?”