Un viaje a Stasilandia

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Hace poco se conmemoró el 30 aniversario de la caída del muro de Berlín que inició el 9 de noviembre de 1989, y en los tiempos que corren conviene no olvidar cómo se echó a andar y funcionó todo un sistema que con el fin de controlar y sellar el país al mundo exterior manipuló a su población de tal forma que sin tregua unos a otros se delataron, espiaron y vigilaron por motivos muchas veces inverosímiles, como “la sensación de que, al hacerlo, eran alguien”, y no por maletines llenos de dinero, drogas, mujeres o armas.

Un aparato conocido como la Stasi, el más grande del mundo, de 97 mil trabajadores  y más de 173 mil confidentes para vigilar a 17 millones de personas en la ya desaparecida Alemania Oriental. Esto es, un agente o confidente de la policía política por cada 63 sujetos, aunque si se incluyen confidentes ocasionales hay estimados que establecen la proporción de un informante por cada 6,5 ciudadanos. Mal pagados, “más estúpidos que siniestros”, algunos convencidos de la causa, otros chantajeados a causa de alguna debilidad o secreto, todos regidos por el hecho de traicionar la confianza de los demás, incluida a su propia pareja en muchos casos, y una mayoría basándose en la “psicología de la dominatriz” con esa “pequeña y profunda satisfacción humana de estar por encima de alguien”.

Sin embargo, este “escudo y espada” del Partido Socialista Unificado de Alemania previó todo al detalle de una manera que parece remontarse a algo más propio de la mentalidad alemana: “demasiadas normas […], cierta pulsión por el orden, la meticulosidad y cosas por el estilo”. Desde dónde estaba el timbre en el domicilio de cada persona a la que se arrestaría, a todo tipo de objetos que escondían cintas y cámaras para documentar al enemigo, tecnología para espiar o hasta muestras de olor, sin faltar instructivos de cómo llevar a cabo operativos para lisiar opositores y que al igual que los de sus adversarios capitalistas tenían por objeto la aniquilación del Yo interior del prisionero.

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Escrito casi como novela donde el uso de la primera persona ayuda a implicar a quien lee, durante cuatro años la australiana Anna Funder lo mismo entrevistó víctimas entre ciudadanas de a pie que victimarios con distinto rango y especialidad, a funcionarios de la Oficina de Documentación que elaboran los expedientes que ahora han permitido a muchas personas reconstruir fragmentos de su pasado y el de sus familiares o amigos, a mujeres rompecabezas que actualmente reconstruyen los miles de documentos destruidos por funcionarios de la Stasi  poco antes de que todo se viniera abajo, y miembros de asociaciones encargadas de preservar la memoria histórica de una Alemania que parece empecinada en borrar todo rastro del muro real mientras se coloca uno nuevo para turistas en aséptica versión estilo Disney. También al fundador de la Klaus Renft Combo, un auténtico grupo de rock de la RDA cuando el género resultaba peligroso para los viejos líderes Marxisten-Senilsten que hasta mandaron crear el insulso baile del lipsi, así como a propagandistas del régimen que comentaban noticias de actualidad en televisión o utilizaban periodistas o agentes occidentales con esa cobertura, a quienes financiaban y filtraban información para destapar escándalos o poner al descubierto actividades ilícitas de políticos y opositores.

Una constante en testimonios, documentos, casos y archivos consultados por la autora es que se trata de vidas modeladas por el Muro. Éste las definió y en muchos casos sus protagonistas todavía no tienen intención de dejar que se vaya. Como los nostálgicos generales incapaces de tomar las riendas cuando el régimen se desmoronaba o los agentes de la Stasi luego desempleados, pero asimismo en la profanación de la urna de Erich Mielke, el temido director de esa policía poco secreta que antes de morir también solicitó a las autoridades de la Alemania reunificada acceder a su propio expediente. O casos como el de una hermosa joven que fue a la cárcel por intentar abandonar el país para seguir a un novio extranjero, o la familia cuyo hijo recién nacido quedó en un hospital del otro lado del muro. Una lectura necesaria no sólo para interesados en espías y contrainteligencia sino para preservar la memoria y que ciertas historias no se vuelvan a repetir.