Hace unos días mi amigo Arturo me llamó para contarme de un muy desafortunado suceso que había protagonizado él mismo en un local de accesorios para celulares allá por Tlalnepantla. Lo escuché preocupado, abatido y asustado.

Como cualquiera puede entender, escribir estas palabras es también doloroso para mí, y lo más fácil, sería extender un comunicado desmarcándome del propio Arturo, pero sería absolutamente inconsistente con todo lo que creo y defiendo.

No hay NADA que justifique la agresión a una mujer (menos en este momento histórico y en este país donde nos están matando) ni tampoco agresión a hombres, niños, ancianos y demás seres vivos y o en desventaja.

Pero me quedaría corta si solo condenase los hechos. Sin embargo me gustaría llevarlos de la mano hacia una serie de reflexiones que tuve tiempo de clarificar mientras hacía todo lo contrario a lo que el aparente sentido común me indicaba.

Arturo Tapia es mi amigo desde hace casi dos décadas y colaborador profesional desde hace casi 15 años. Nunca, en todo nuestro trato (que ha sido siempre muy cercano) ni mi familia, ni yo… hemos vivido una reacción suya de este tipo. De hecho normalmente es él quien sufre las agresiones físicas y verbales, por diversos motivos que iban desde asaltos, hechos de profundo racismo, clasismo, homofobia y discriminación en general; que tantas ventanas de oportunidad le han vedado a él en la vida.

Arturo siempre me ha demostrado conducirse con perspectiva de paz, inclusión, diversidad, género y respeto a los derechos humanos. Hechos que merecen mi reconocimiento.

Ahora bien, esa es la versión que yo conozco de Arturo. De las presiones que viva actualmente en su vida personal tendrá que hablar él en desagravio y no yo. De hecho yo no tendría por qué estar haciendo esta declaración, ya que no es un menor encargado bajo mi tutela. Sin embargo, quiero llegar al punto en que me parece más delicado e importante.

Según los que saben, lo primero que debe hacerse con una persona que ha reaccionado de forma violenta, con cualquier atacante, es darle contención. Y evidentemente a la víctima también se debe proporcionar una red de apoyo, que espero lo esté recibiendo la chica agredida.

Por mi parte ofrecí a Arturo: escucha, herramientas emocionales y canalización para que aclare sus ideas y pueda hacerse responsable de sus actos. Esto, evidentemente, debería dirimirse ante la justicia competente con la postura y las versiones de cada una de las partes. Los juicios que hagamos o dejemos de hacer en redes sociales sirven de muy poco y si no terminan en un veredicto de una autoridad competente, lo único que se propicia es que se prolongue la impunidad en este país y nadie reconozca que los actos tienen consecuencias.

Por otro lado, hasta donde sé, él también está recibiendo asesoría legal para poder atender debidamente los reclamos, pero también para protegerse, pues el escarnio público ha llegado a atentar contra su integridad tanto en lo digital y más grave aún, en vía pública.

Cuando se pueda observar el video completo ante los juzgadores creo que notarán el detalle que más me preocupa en todo este problema.

Cómo lo mismo una persona informada que una que probablemente no lo está se pueden enfrascar en un alegato que, visto desde fuera, pareciera baladí. Cómo una persona que ha luchado contra prejuicios y estereotipos sociales para lograr el respeto a las diferencias, puede encerrar y tratar de acallar (durante años) tanta impotencia, furia y dolor frente al maltrato de una sociedad implacable que nos devora a todas y todos?. Y escuchar a ambas partes esgrimiendo discursos que deberían ya estar superados en pleno siglo XXI donde la ofensa reside: en los genitales de uno u otra, el color de su piel, su preparación escolar, o su estrato social.

Cuántos somos una bomba de tiempo a la espera de la mínima provocación para estallar y destruir todo lo construido, ante la mirada atónita de quienes desde un lugar seguro señalamos horrorizados pero hacemos muy poco para sanar nuestro tejido social, enojándonos con la persona equivocada y no ante quien deberíamos haber defendido la dignidad en el momento justo, ignorando ese malestar añejo que lleva años fermentándose ante la nula capacidad de hacer contacto con nuestras emociones.

Me han señalado como encubridora, pero ninguna autoridad se ha dirigido a mí para preguntarme acerca del caso y como todos saben, los datos personales de aquellos de los que nos rodeamos son eso: “personales”, “privados”. Y están protegidos por ley, por lo que no puedo compartirlos en ningún medio o en redes sociales que por lo general solo llaman a un linchamiento. Eso tampoco abona a la reparación del daño.

Mi solidaridad sincera con la o las víctimas, si requieren cualquier tipo de apoyo emocional, sabré a dónde acompañarlas. Y de antemano les ofrezco un lugar en el curso de un también muy querido y admirado amigo que imparte (junto a su pareja) cursos de defensa personal prácticos para mujeres.

Esto por lo menos, les dará algún margen para ponerse a salvo en una futura ocasión, que de todo corazón deseo no tengan que enfrentar.

Hasta aquí estas ideas. Sigo consternada por lo sucedido y me faltan las palabras. No tengo nada más que externar.

Por su atención y comprensión gracias.

FERNANDA TAPIA