Sexo. Todos lo deseamos. Todos lo buscamos. Todos lo necesitamos. Y quien no, está bien. No es obligatorio, jamás. Algo debemos tener demasiado claro todos: cuando hablamos de diversidad sexual nos referimos a cada uno de los seres humanos, porque usted no es idéntico a nadie y la diversidad es tan vasta como número de personas hay, así que donde usted sienta rico, por las razones que lo sienta, ésa es la razón que lo convierte en parte de la diversidad sexual. En este universo sexual vasto y variado, existe gente que ofrece su cuerpo para satisfacer los deseos y necesidades de otros y otras. Hay quienes lo hacen libre y voluntariamente, logrando que millones de personas que demandan la atención y acompañamiento de otro ser humano para satisfacer su necesidad de placer, puedan ejercer su sexualidad de forma consensuada con una contraparte que deja claro que los términos contractuales incluyen placer y dinero. En otras palabras, quienes quieren coger como les gusta, o sea, bien, y no cuentan con una contraparte interesada, o interesante, pueden acudir a quienes poseen la voluntad e interés en satisfacer a otros. Así de simple.

También en este mundo de diversidad moral y de enormes divergencias éticas hay a quienes se les obliga a ofrecer ese placer de forma vil, cruel, indigna, inhumana e ilegalmente. A quienes fuerzan este intercambio se les debe prisión y punto. Sin importar si es quien vigila físicamente a una persona o si se trata del empresario o cerebro logístico y financiero de una red de tráfico de personas que blanquea sus ganancias con organizaciones humanitarias (¿se acuerdan del escándalo de Oxfam?). Cualquiera que sirva de engranaje en este aparato de esclavitud moderno es culpable y merece castigo. Sin embargo, ¿qué hay de quienes, soterrada o abiertamente, son quienes crean las condiciones culturales propicias para la necesidad de este aparato?

La 4T parece que desea complacerse y complacer al pueblo. Pues bien, el pueblo coge. Y el pueblo mexicano, mucho. (Mal pero abundante, al menos eso dicen las encuestas). Derivado de esta propensión al estímulo carnal muchas prácticas culturales se configuran e instituyen para algunas ser presumidas y otras omitidas en la sobremesa. Creándose dinámicas que exacerban machistas y pueriles aspectos de la sexualidad humana mientras la mayoría de las prácticas quedan confinadas a la malentendida diversidad –cuando hay suerte– o a la clandestinidad muchas otras veces. El ejercicio del trabajo sexual es una de las prácticas más estigmatizadas gracias a estas dinámicas perniciosas y francamente tetas del pueblo mexicano y del mundo entero. Reconocer que hay quienes eligen por y para su placer demandar y ofrecer el servicio que lleva al goce consensuado es transformar el escenario de salud mental y sexual del público y coartar las condiciones que hacen que el consumo tenga que ser ocultado, clandestino y así entonces los prestadores.

Es un momento importante para atender lo que los legisladores de nuestro país, los alcaldes y muchos otros servidores púb(l)icos pretenden hacer con respecto a los trabajadores sexuales. Están a punto de retornar a lógicas y prácticas que nos devuelven a tiempos más oscuros y peligrosos. Ojo, este tema es de importancia para todos si por una razón u otra usted también sospecha que vivimos en un país gobernado y habitado por malcogidos.