Ante la oleada imparable de agresiones contra mujeres que se vive en el país, y a propósito del pasado Día internacional de la eliminación de esta violencia con todo y el vandalismo durante su marcha, se hace indispensable la lectura del manual de feminismo pop latinoamericano, Las mujeres que luchan se encuentran, de Catalina Ruiz-Navarro, editorial Grijalbo.

Pero no solo por la coyuntura. También porque es un libro que no para de cuestionar e incomodar, lo cual es de agradecer en tiempos donde abundan la simulación, hipocresía y lo políticamente correcto. Así que a partir de un testimonio personal que luego alterna con diversas fuentes, datos y recomendaciones variadas de lecturas, la autora se dirige a un público amplio que quiera entender y comprender lo que significa ser mujer en el mundo de hoy.

De forma ágil, con buen ritmo y sin concesiones, realiza un extenso recorrido por el tema del cuerpo, poder, violencia de género, sexo, amor, feminismos y activismo. Lo cual se complementa con breves perfiles biográficos de once latinoamericanas retratadas por Luisa Castellanos, entre las que destacan la chilena Violeta Parra, las dominicanas hermanas Mirabal o la mexicana Hermila Galindo.

Otro acierto de la autora es que no pretende teorizar o dar consejos, en varias partes lo deja claro y de hecho hace críticas filosas y muy puntuales sobre el machismo imperante en la academia, con su piadoso e irracional ascetismo, acosadores por montón y un malestar creciente de las estudiantes que puede convertir el problema en otra bomba que en futuro próximo incendie no pocas escuelas. Asimismo, desmenuza cuestiones significativas en torno al patriarcado o esa misoginia que ataca por igual a hombres y mujeres. Esto es, el desprecio por lo femenino que corre profundo en nuestra cultura y muchas veces va acompañado de clasismo, racismo y un machismo lo que sigue de silvestre el cual se traduce en cada vez más feminicidios, pues un rasgo de este tipo de crímenes es que los asesinos se sitúan mayoritariamente en el ámbito de confianza de la víctima.

El enemigo sobre todo está en casa, y a ello dedica un capítulo donde explica el continuum de las violencias, donde lo mismo muestra herramientas para diagnosticar al violador de hoy, documenta como las denuncias falsas por agresiones sexuales están entre el 2 y el 8% de todas las denuncias (es decir, que si le creemos a la víctima se tiene una probabilidad entre el 92 y 98% de estar en lo correcto), o como los alcances de la rabia o la furia a través de la amenaza, alteración y publicación de fotos sin consentimiento o extorsión, ya se instalaron en Internet pues este no deja de calcar las vulnerabilidades y discriminaciones del mundo real, siendo las más afectadas mujeres entre los 18 y los 30 años de edad quienes deben constituir una base significativa para el desarrollo de acciones de denuncia en redes sociales cómo #MiPrimerAcoso o #MeToo.

Y si a alguien se le ocurre suponer que esto se trata de un libro “feminazi” o algo así, valdrá la pena que se detenga en los capítulos dedicados al poder, amor y sexo (donde no faltan los ritos de cortejo o los poliamorosos), para descubrir qué tan cretino se puede llegar a ser con asociaciones de ese tipo y hasta dónde –y cómo- ha permeado eso que la sociología llama la dominación masculina, que además del valor de las palabras pasa también por industrias culturales y narrativas que la autora denomina pop y donde lo mismo entran telenovelas, intérpretes juveniles que canciones populares. En este sentido cabe destacar la divertida defensa que hace del perreo y del perrear, el ahora famoso baile característico del reguetón y de cierta negritud.

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Así las cosas, feminidad no es sinónimo de servilismo pero sí algo que parece estar más cerca del performance. Que luego se mezcla con esa misoginia recurrente que da lugar a términos como el putiavergonzar y otros tantos que controlan, fiscalizan y castigan a las que no celebran o se someten a un sistema cuyos modelos en realidad resultan inalcanzables para cualquiera. Lo que suele traducirse en el típico “las más machistas son las mujeres con otras mujeres”, pues para muchas de ellas “aliarse con el patriarcado es una simple cuestión de supervivencia”.

Claro que la peor parte de sus bien fundamentadas críticas la llevamos los hombres, con planteamientos significativos que recupera de distintas estudiosas como el de que “tienen miedo de que las mujeres se burlen de ellos, pero las mujeres tienen miedo de que los hombres las maten”, y otras disfunciones sintomáticas que no solo pasan por confusiones entre pene y falo sino que llegan a extremos como que el esposo de la autora incluso ha salido a defenderse de bots que lo acusan de mandilón por no poner en orden a su mujer. Sin faltar los que manterrumpen (el Man que “interrumpe a todos a su alrededor, especialmente a las mujeres”) para manxplicar las cosas; como los porqués de la violencia vandálica en las marchas recientes, por ejemplo. O los machiprogres que tienen la costumbre de buscar protagonismo innecesario e inmerecido, los cabrones que incorporan el discurso feminista para llevárselas a la cama, o simples solidarios o en el rol de aliados. De hecho, el libro incluye consejos prácticos para serlo que al menos pueden servir para que se nos quite un poco ese Neandertal machín que por cultura llevamos dentro. Otra razón para leerlo.