La cultura de fiar

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Una columna de Adriana Candia

Texto original en https://www.candiacandia.com/post/la-cultura-del-fiar

—Doña Blanca, le pago en la quincena. Decía el fiel cliente de mi abuelita Sosi.

—Aí pa’ la quincena, ¿sí, Doña Sosi? Entre que pedía y afirmaba la clienta frecuente.

—¿Me lo apunta? En la quincena nos ponemos a mano. Aseguraba quien leía el periódico fiado durante la quincena y el día de pago saldaba su deuda.

Esas eran las frases que circulaban cada día que íbamos a entregar los periódicos y las revistas a la Unidad de Medicina Familiar Número 3 del IMSS (Instituto Mexicano del Seguro Social), el cual está o estaba ubicado en Avenida del Trabajo, allá por el barrio de Tepito en el centro del corazón de la Ciudad de México. El fiar era el común denominador del negocio de mi abuelita Sosi, quien era voceadora de México. Este oficio lo ejerció por muchos años y estaba afiliada a la Asociación Nacional de Voceadores. Sin embargo, fue un oficio heredado, pues mi abuelo Pablo Candia, fue quien inicio con esta actividad desde que mi madre era una niña.

El negocio de mi abuela, como el de mi abuelo (en su tiempo) se basaba en el fiar a sus clientes las entregas de los periódicos y las revistas. En el caso de mi abuelita, su negocio estaba fielmente administrado en aquella libreta de cuero negro en donde llevaba las cuentas de lo asignado por el expendio, como de lo vendido y fiado a los clientes. Recuerdo las largas sumas de los periódicos, pues, ante la falta de conocimiento de las multiplicaciones, mi abuela se las arreglaba con sumas y restas; así que, si vendía 20, 30 o 40 periódicos, eran los mismos que se enlistaban en la suma. Cada que intentaba enseñarle a multiplicar, me decía: “—Déjame, yo así me las arreglo”. No se hablaba más. Así que aquella libreta era su forma de llevar su contabilidad. Recuerdo que tenía anillos de metal. Cuando la quincena llegaba y los clientes pagaban, remplazaba las hojas por unas nuevas.

Comencé mi aventura de chalana, asistente, compañera y ayudante a los 7 años. Cada noche, nos alistábamos para ir a la Clínica a las 7:00 p. m. Subíamos piso por piso para entregar el periódico a los clientes de fijo; así como las revistas para los que en ellas estaban interesados. Mi trabajo era ofrecer la bolsa de los dulces. Esas golosinas que el cliente degustaría camino a casa tras una jornada agridulce, pero para compensar las 8 horas de atención a los derechohabientes, esa golosina se volvía la recompensa del cliente, aunque claro, también la apuntaba en su libreta.

Después de recorrer todos los pisos con sus oficinas y consultorios correspondientes, bajábamos a la entrada del lugar. Entonces, extendíamos el tímido y humilde puesto en el descanso de las escaleras de piedra negra. Ponía los periódicos y las revistas sobre el frío suelo y gritaba cual vocera: “—Llévese las últimas noticias. Compre sus dulces. Aquí su revista”. Cuando salían todos los trabajadores, por ahí de las 9:30 de la noche, recogíamos el puesto y emprendíamos camino a casa.

Todas estas imágenes golpearon mi cabeza al escuchar el pasado 29 de septiembre de 2021, la historia vivida por una amiga y colega de la universidad, Christine Hippert, quien estuvo viviendo en República Dominicana durante un año y pudo observar la supervivencia de los habitantes de una comunidad en la zona de Cabarete, la cual es considerada una zona turística. Esta condición hace que la cultura del “fiao” (gesto lingüístico del lugar ante el pasado participio de fiado), sea la única forma en que los lugareños sobreviven a las necesidades básicas. La narración de la autora del libro Not Even a Grain of Rice: Buying Food on Credit in The Dominican Republic, me hacía recordar las escenas de aquellas noches con mi abuela. Como en mi historia, los niños en esta localidad son quienes ayudan a sus padres y familiares a llevar el negocio, pero, al llegar a cierta edad, ya no pueden hacerlo. Se vuelven adultos y, ahora son parte de los que pedirán “fiao”. En esta investigación también se exponen aspectos antropológicos que golpean a esta comunidad, pues, la historia entre República Dominicana y Haití tiene aun en la actualidad secuelas de las disputas pasadas. Estas también afectan a la hora de dar o pedir crédito en los “colmados” (nombre de los establecimientos que fían los comestibles a sus clientes). Para hacerse acreedor, debe contar con la recomendación de alguien, quien -en caso necesario- da su palabra de que se pagara esa deuda. Debido a la dependencia del turismo, las personas que van a trabajar a este lugar se mueven más de lo que les gustaría, por lo que el tránsito es muy común y la permanencia disminuye, lo cual hace aún más complicado el fiar a la persona. Al final solo se le brinda crédito a la “gente responsable”. Pero ¿qué hace o no responsable a la gente o gente responsable a una persona que necesita unas cuantas cosas para comer ese día? Eso es lo que la investigación de Christina Hippert desmenuza a lo largo de su obra.

En sus páginas se encontrarán las historias y anécdotas de las personas que intercambiaron sus testimonios con ella, la profunda investigación que la llevó a ver otra cara de la cultura latinoamericana, pues, es muy seguro que, desde México hasta Argentina, hay o hubo una tiendita, bodega, expendio que fiaba a los vecinos del barrio, la cuadra o la calle algunos productos de la canasta básica y no tan básica, y el sistema de contabilidad del cuaderno también era recurrente. Al final la confianza y la buena fe, la solidaridad entre paisanos, vecinos o colegas, es lo que ha dado a este sistema de mercadeo, la sobrevivencia de quien consume y de quien fía.

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Tal vez en todo el mundo hay un sistema moderno de fiar a través de las tarjetas de crédito, pero, este sistema carece de la calidez que impera en el contacto directo del producto al ponerlo en la bolsa que guarda la confianza y la comunicación del fiador y el “fíao”.

 

CANdia

Octubre, 2021