Esto te va a doler es un libro típicamente inglés, es decir, lleno de ese humor negro que provoca carcajadas, con ironía punzante y momentos o situaciones delirantes protagonizadas por médicos, pacientes y administrativos de hospitales británicos.

La obra escrita por el ex médico Adam Kay (que hoy es guionista de televisión), está basada en sus diarios como doctor y ofrece una mirada muy divertida y desmitificadora de la vida de un médico residente en el sistema de sanidad pública del Reino Unido, cuando el gobierno conservador iniciaba su campaña para desmantelarlo, y es un excelente espejo para mirar a nuestro propio sistema de salud o ver como las ineptitudes, incompetencias y negligencia de doctores o centros médicos tampoco escasean en Europa, y como en ambos casos la constante es precariedad y sobre-explotación laboral.

Es también la descripción del estimulante trabajo de médico, al que se llega por motivos tan profundos como ser fan de teleseries como Anatomía de Grey, con jornadas de 97 horas a la semana y disponibilidad los 365 días del año. “Un tsunami de fluidos corporales, de los no divertidos, compensados por unos ingresos económicos inferiores a los de un parquímetro. Despídete de tus relaciones familiares, amorosas y amistosas. Bienvenido a tu vida como médico residente”, advierte el autor.

Cosas para las que no te preparan las universidades, más ocupadas en generar profesionistas en serie, como tampoco en el llenado de informes o de lo vital: ¿cómo gestionar una emergencia la primera vez que te enfrentas a la situación? O la primera muerte que se presencia y la desesperación por fumar después de ello aún sin haber fumado nunca. O la extraña sensación de salvarle la vida a un paciente, aunque en la mayoría de las ocasiones esto se deba a un discreto trabajo de equipo más que a un acto individual,  y de esa inmensa felicidad en la que no se cabe pasar al desencanto que, junto con muchos otros más, terminará por conducir a un proceso de deshumanización de la práctica médica luego de que colegas amargados nos salgan con un felicidades por alargarle la vida dos semanas más.

Claro que esta deshumanización que prevalece en el campo médico-hospitalario no es algo irreversible. Y aunque bastante dura, la profesión llega a dar honores no pedidos, grandes muestras de humanidad, alegrías, algunos privilegios y satisfacciones. En ocasiones hasta herencias, generosas propinas o un Bentley prestado. Pero a veces ni las gracias y tampoco faltan las amenazas o incluso leyendas urbanas como la de los paramédicos que roban las pertenencias de los accidentados. Así que no debemos culpar al residente o al médico únicamente. La administración de los hospitales y su burocracia ponen su parte, aunque también encubren las negligencias de otros, y las promociones e incentivos escasean además de que siempre les falta personal o a algún genio se le ocurre bloquear el correo electrónico de las computadoras del hospital.

Los pacientes tienen lo suyo, en una gama que va de la ignorancia a la necedad, sin faltar  sus estrambóticas explicaciones de por qué tienen dentro de ciertas cavidades corporales todo tipo de objetos; algunos inverosímiles. Pero también hay mucho miedo, temor, y la gran necesidad, al igual que la de su médico, hombre o mujer, de sentirse entendido y hasta un poco comprendido durante el complejo trance de la enfermedad. Una muy divertida obra, en vías de hacerse teleserie, cuya lectura no es conveniente hacer como paciente en un hospital.