Érase una vez en América que los asesinatos colectivos no eran cosa de todos los días, y en los lejanos años 60 del siglo y milenio pasado muchos de aquellos jóvenes encontraron en el amor libre, las flores en el pelo y el LSD, un modo de abrir las puertas de la percepción y cuestionar al establishment.

Una contracultura que terminó, o al menos simbólicamente, en agosto de 1969 con los brutales asesinatos de la actriz Sharon Tate y acompañantes en el 10050 de Cielo Drive, California, cometidos por tres mujeres y un hombre que pertenecían a La Familia, una secta dirigida por Charles Manson quien adquirió notoriedad internacional como gran manipulador de mirada penetrante y fachada de gurú-filósofo pese a su metro con 55 centímetros de estatura o estar casi toda su vida en reformatorios o cárceles, y cuyo proceso penal que duró siete meses se calificó en la prensa sensacionalista como juicio del siglo.

The dream is over, dijo John Lennon, y con sangre y faltas de ortografía los asesinos escribieron en la pared Helter Skelter, como el tema del álbum blanco de los Beatles. Pero ahora que recién pasó otro aniversario del festival de Woodstock y Tarantino trae a cuento su particular visión de aquél Hollywood y sus ambientes como de la propia Tate, entonces esposa embarazada de uno de los directores más relevantes de la cinematografía mundial, Roman Polansky, conviene leer Manson: la historia real (Rocaeditorial). Una reconstrucción de estos crímenes a cargo de los periodistas norteamericanos Tom O’Neill y Dan Piepenbring que rastrearon y documentaron el caso durante 20 años y lo reconstruyen siguiendo el género del llamado true crime o detective periodístico.

Un viaje que lo mismo pasa por el resentimiento social y racismo de una secta que quiso desencadenar otro gran conflicto étnico, mezclado con creencias sobre la llegada del Apocalipsis y algunas orgías a ritmo de rock pues Manson intentó, sin éxito alguno, hacer carrera en la industria discográfica además de aprender desde muy joven a fingirse loco. De ahí que en la trama vayan apareciendo músicos como un integrante de los Beach Boys, productores como el hijo de la famosa Doris Day y otras celebridades, parásitos y advenedizos del Hollywood liberal de entonces, pero también traficantes de drogas, médicos corruptos, un fiscal megalomaníaco, todo tipo de policías, delincuencia organizada, informantes que amenazan con demandas o golpizas y no pocos documentos, tanto judiciales como del FBI y hasta la CIA, pues según los autores “a finales de los años sesenta, los servicios e inteligencia consideraban que los movimientos juveniles disidentes constituían la principal amenaza para la seguridad del país, y habían llevado a cabo su labor en consecuencia”.

Más que para alentar simplonas teorías de conspiración, este viaje al pasado por uno de los crímenes más relevantes de la dorada California sesentera que en cierto sentido marcó el fin de una época, también será de utilidad para comprender mejor ese racismo sin sentido que raya en lo demente, rinde culto desmedido a la personalidad, y que parece estar resurgiendo otra vez en la América de hoy día.