Genaro García Luna, el señor de la muerte

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Termina este año loco, pero no sus efectos y surrealismos. En la parte político-criminal de nuestra tragicomedia si bien el gobierno de Estados Unidos devolvió a México al general Cienfuegos, caso que hasta hoy parece no avanzar, en una corte de Brooklyn sigue el proceso contra el ex secretario de seguridad García Luna del que ya se pidió extradición para juzgarlo aquí por riqueza mal habida.

Paralelo al camino de lo penal, donde la justicia es lo que menos importa a las autoridades de ambos países, en lo público se siguen documentando más de sus andanzas y fechorías como ahora hace el periodista Francisco Cruz en su libro El señor de la muerte, que incluye la primer averiguación previa contra un joven Genaro por robo a la casa de un comerciante del mercado de la colonia popular donde vivía, su apodo de la secundaria –el Chango-, el acta de nacimiento o la historia de sus precoces pininos como soplón de la policía.

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En este sentido, García Luna sería un típico producto chilango de eso que ingeniosamente algunos llaman la banda: la que transa de arriba abajo y le pasa andar de guarura, tacuche, charola, fusca y cachiporra, como dice la canción de Jaime López. Y también cabe destacar que no cubrió mal sus pasos, pues además de una infancia-juventud en la colonia Romero Rubio de la alcaldía Venustiano Carranza, que es la versión de Cruz, otras investigaciones la han situado en Álvaro Obregón y Xochimilco. Parte de las enseñanzas que debió dejar su paso por el aparato de inteligencia y seguridad nacional (Cisen), cuyos agentes son una de las fuentes empleadas por el autor en su investigación y para quienes el poder de García Luna radicaba en el chantaje que hacía a la pareja Felipe Calderón Margarita Zavala.

Felipe Calderón, atento a información sobre arresto de Genaro García Luna |  El Economista

De hecho, Cruz considera que Calderón o miente y fue cómplice o un adorno muy caro en palacio nacional, además de tener actitud de niño al presumir en televisión tecnología para combatir el crimen, una propiedad tipo chalet en Ayapango, Estado de México, y estar enterado de operaciones de tráfico de armas a México como Rápido y Furioso que acabaron en brazos armados de cárteles y al menos mataron un agente gringo. Esta línea de negocio es algo que la actual fiscalía de la República también debería rastrear, pues incluye un fraude multimillonario con un supuesto detector molecular de drogas, armas y dinero, GT-200 de fabricación inglesa, que resultó una vil manguera de plástico a la que se rebautizó como la Ouija del diablo con la que mandaron inocentes a la cárcel.

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En el ascenso de García Luna a las alturas del poder, antes de convertirse en el topo mayor como se diría en argot de novelas de espías, aparece la figura de la familia Slim agradecida por su intervención para resolver un secuestro. O el pleito y venganza del también apodado metralla o metralleta, contra el comandante Alberto Pliego por la detención de un secuestrador psicópata conocido como el mochaorejas. Sin faltar esa suerte de hermandad o cofradía para delinquir que incluye a los ya prófugos Luis Cárdenas Palomino y Ramón Pequeño, o vínculos para controlar posiciones importantes en el aparato de seguridad que hasta hoy incluyen estados como Michoacán, Puebla, Nuevo León, Estado de México y la capital de país. Así que además de conocidos en medios como Eusebio Millán o Enrique Bayardo, y un par de sobrinos de apellido García Padilla, proporciona 20 nombres de funcionarios de esta red nacional que gozan de pleno poder e incluyen al sobrino de otro ex funcionario, Luis Rosales Gamboa, en la subsecretaría de control de tránsito de la policía de Chilangotitlán.

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Asimismo, refiere convenios con universidades privadas como la del Valle de México para conseguir títulos de maestría a los cuates poniendo a trabajar en tareas escolares a subordinados. El registro de su nombre como marca ante el IMPI, y su búsqueda de capital político a través de cooptar personas como Isabel Miranda de Wallace, María Elena Morera y Alejandro Martí, o mediante la compra de contenido editorial y noticioso como servicios de publicidad a periodistas, hasta llegar a pagar por una costosa pero fallida teleserie. Todo con cargo al erario. Y sus relaciones con traficantes de drogas sinaloenses como Arturo Beltrán, o el colombiano Harold Poveda a quien unos agentes durante el cateo donde negociaron su liberación en millones de dólares le robaron un costoso cachorro de apestoso bulldog y el comandante a cargo del operativo organizó una orgía con prostitutas contratadas para el convivio.

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O los negocios en el ámbito de la seguridad con la familia Weinberg, que ahora pelea en tribunales para que les descongelen sus cuentas bancarias, o en empresas como Glac security consulting, technology and risk managment que recibieron contratos millonarios durante el sexenio de Peña Nieto, y las triangulaciones de dinero para pagar las viviendas en Miami o el efectivo para las residencias al sur del ex DF y Morelos. Así las cosas, y quizá por aquello que el refrán popular sentencia como el que a hierro mata, para entender más el perfil biográfico de este hombre descrito como nervioso, compulsivo, tartamudo, ambiguo, misterioso, manipulador, metódico, estudioso y disciplinado, el autor parece echar mano como recurso de investigación de lo que el ya desaparecido Cisen usaba como método para filtrar información a la prensa, esto es, el desarrollo de temas muy concretos como alianzas de negocios, patrimonio y propiedades, vida íntima y asuntos de alcoba, problemas psicológicos y/o sexuales, complicidades políticas, financiamiento de campañas y redes de espionaje. Una lectura para documentar el optimismo a propósito de este año nuevo, y entender la complejidad y profundidad del desastre nacional.