El agua o la vida

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Hay evidencias de que la siguiente fase del desastre en nuestra tragicomedia nacional es el paso de la plata o el plomo al agua o la vida. Así que para comenzar a entender esta veloz transición es necesario leer la investigación de J. Jesús Lemus, que alterna datos duros con herramientas propias de un periodismo de a pie que produce historias y da voz a todo tipo de víctimas en estas nuevas guerras.

De ahí que la primera de muchas historias recogidas, que constituye además la motivación central de la obra, es la de una niña que conoce y muere por beber agua envenenada. Luego viene el Estado sumiso, la industria como prioridad, los desplazamientos y muertes por sed, el llanto de la tierra y la cruda de cerveza pues ésta es una industria que consume cuantiosos recursos acuíferos.

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No la única, por supuesto, y esto es motivo para que el periodista se detenga en casos de bebidas alcohólicas como el tequila pero también en el negocio sucio de la moda, la sedienta industria automotriz y otros clústeres o empresas que por su consumo de agua contribuyen al desabasto y el desplazamiento de población; como la inmobiliaria, refresquera o agroalimentaria, por ejemplo. Donde no solo aparecen contaminación, fraude, sobornos, modificaciones a la Constitución o corrupción en todos los niveles de gobierno, sino que el agua se revela como una de las más atractivas inversiones económicas. Por eso las concesiones, privatizaciones y otras estrategias para su control, que a nivel internacional incluye la participación de agencias como la estadounidense Central de Inteligencia de acuerdo con el también recomendable documental El sicario económico de la CIA.

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En su libro anterior, México a cielo abierto, Lemus documentaba las relaciones y vasos comunicantes entre células de grupos criminales organizados y compañías mineras para eliminar cualquier oposición a proyectos extractivos altamente contaminantes. En El agua o la vida, y que en conjunto pueden leerse como un díptico sobre capitalismo feroz a la mexicana, el asesinato de activistas y periodistas también es constante y en su recorrido por todo el país para ubicar los 906 puntos de conflicto existentes entre comunidades y diversas empresas, no pocas transnacionales, encuentra una notable presencia criminal en distintos problemas por el agua. Progresión que va del despojo a la explotación o sobreexplotación, donde no puede faltar hasta un Cártel del agua, y problemas graves en Sonora, Michoacán, Puebla, Veracruz, Estado de México y Zacatecas. Estados donde, por cierto, se extrae la mitad del agua que utilizan las empresas asentadas en territorio nacional.

Sin embargo, en estos viajes y andanzas aparecen muchos otros lugares o casos que van de Baja California a Yucatán sin faltar  historias relacionadas con la polémica familia LeBarón. Sobran las redes de corrupción no solo con formas de ser y hacer política o negocios con recursos estratégicos que deben considerarse y tratarse como asunto de seguridad nacional, sino con un modus operandi criminal realizado por personas con nombres, apellidos y beneficiarios que se mencionan en la obra. A este escenario de saqueo debemos sumar el cambio climático, calentamiento del planeta y desastre ecológico en ciernes, más el  desventajoso tratado con Estados Unidos al que se le entrega agua, para que el futuro tendencial resulte postapocalíptico y con algunas reminiscencias del viejo Mad Max. Aunque como en otros futuros, que incluyen lo deseable o lo posible, no todo está perdido y el libro también aporta para frenar la catástrofe.