Dejen en paz a Mónica Garza

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Ésta fue una semana de incongruencias engarzadas. La ocupación hospitalaria ha puesto a los gobiernos e “informadores” a repetir la amenaza que representa salir a las calles, ir de compras, congregarse y, por supuesto, hacer cualquier tipo de fiesta, celebración o partida de piñata. Ningún “comunicador” de la bendita televisión abierta –por más tierraplanista que fuera– se atrevería en este momento a llevar la contraria, so pena de sufrir ostracismo y linchamiento mediático. Ninguno, por más incongruente e hipócrita se atrevería a la osadía de mirar y saludar a la cámara en una fiesta de fin de año.

Desafortunadamente la incongruencia engarza el logro de haber evitado que millones de peregrinos se dieran cita en la Basílica de Guadalupe con el hecho de no conseguir que, de miles en miles, la gente deje de abarrotar centros comerciales a los que acuden los más higiénicos a realizar sus imprescindibles compras navideñas, en donde las medidas de seguridad sanitaria obliga a la gente a escanear un código QR para avisarles si estuvo alguien que resulte reportado con diagnóstico de COVID-19 vía mensaje de texto. La tecnología y las “benditas redes” nos salvarán.

Para ir cerrando un año sin sentido y muy atípico, la incongruencia de la gente se hizo descarada, y si no fuera por Mónica Garza, no podríamos reflexionar en el asunto. Gracias a su prurito e inconmensurable preocupación por la humanidad y su país, nos llega la imagen tomada desde el lugar de los hechos en la que centenares –que seguro se harán miles– se aglomeran en una estación de metro para intentar dar un paseo en tren que los lleve a disfrutar de un recorrido tan innecesario como egoísta. Esta gente no está pensando más que en ir a trabajar, sostenerse a sí misma y a sus familias y viajar hacinado pone en riesgo a la especie entera y a la navidad. Pero lo peor, en un acto desvergonzado de incongruencia tautológica, la gente lleva cubrebocas. ¿Qué no han visto la información que publicó Mónica? ¡Qué gente!

Pero aún hay más: en un remate de incongruencia nacional, a Mónica Garza la sociedad la critica junto a sus compañeros por celebrar la vida que es preciosa, invaluable, sagrada y que se disfruta ante todo, y justo por eso se cuida, razón por la que los meseros –que antes y después se aglomeran en el metro– se les puso cubrebocas en la fiesta Celebración 2020 que TV Azteca ofreció a su plantilla de informadores, comunicadores, periodistas e investigadores que van a cuadro. Todo este linchamiento, humillación y el juicio sumario son ridículos. Uno no sabe lo que ocurrió antes, si le hicieron pruebas de COVID a diario durante una semana previa a cada uno de los asistentes y si a los meseros los tienen ahí guardados desde hace dos semanas. O si Mónica se vio obligada a asistir y sonreír cuando ella sólo pensaba en las cien mil defunciones que anunciaba en su publicación de Twitter. O quizá estaba abstraída pensando en si el autor de la foto de su tuit llevaba cubrebocas. No sabemos nada, no tenemos que asumir porque los vídeos pueden estar editados y las fotografías sólo muestran un aspecto de la historia.

Yo defiendo a Mónica porque está yendo a un compromiso laboral, imaginen dejar plantado al papá del director de la empresa, además, qué tal que se ganaba algo en la rifa. Uno a veces pierde el control, se emociona, la efervescencia nos gobierna, el contexto nos ahoga; de repente, uno deje de ser congruente con todo lo que ha hecho y dicho en el pasado –o en Twitter hace unos instantes– para lucir la más grande de las inconsistencias discursivas, de hechos, de noticias y hasta ontológicas. Por eso, quienes linchen e insulten a Mónica y a sus compañeros, quiero invitarlos a reflexionar en que es la frustración y la rabia que busca donde proyectarse y verterse –para no llevarla más con uno mismo– lo que en realidad motiva sus agresiones desproporcionadas y, paradójicamente, igual de nocivas que una pandemia de rabia y odio zombi donde nadie jamás llama a la sana distancia, ni al cubrebocas y, aún menos, al insulto de etiqueta.

Porque lo he vivido en carne propia, quiero que sepas Mónica que estoy contigo. Como tú, yo viví completo los vídeos de los hechos que no muestran, mismos que “alguien” desde el local de la tienda manipuló filtrando a algunos medios locales con una edición tramposa, que pretendía simular que las agresiones se originaron y venían del sexo contrario únicamente. Un acto vergonzoso de tan burdo.

Y todos ahora a tuitear e informar puros Frankenstein que no describen con claridad ¿qué conducta o hecho fue delito? ¿en qué espacios si se pueden hacer posadas? ¿proferirse insultos? y ¿bajo qué términos?, dando manga ancha a la impartición de justicia a modo y por su propio tuit y, por ende, a la revictimización de las víctimas.

Los últimos dos párrafos los tomé casi a calca del texto en el que me acusas, linchas y me cosificas simplemente llamándome “sujeto”. Hoy, defiendo tu derecho a equivocarte, a defenderte, a una vida con paz y sin violencia, al criterio de oportunidad para que no te vayan a dejar sin trabajo sólo porque estuviste donde no “debías” estar, mientras publicabas lo que contradecía a tus actos.

Por supuesto que hay algo de sarcasmo e ironía en mis palabras, pero es que así es la vida Mónica, un día llevas años defendiendo los derechos humanos sin que nadie te pele ni reconozca, y otro le estás gritando estupideces a una mujer que te gritó “puto indio prieto; tu mamá debe ser una negra enana de Oaxaca como tú, gorila fea”, e intentas tirar a puño cerrado el teléfono de otra mujer que se ríe desaforadamente por lo que te dicen después de haber ignorado tu pedido de auxilio para calmar a su compañera, mientras aguardas esperanzado que salga el vídeo completo de lo que realmente ocurrió y la otra testigo lo cuente algún día todo.

Quizá esta temporada de paz y armonía, en un año horrible y peligroso para viajar en metro e ir de compras, alguien, quien sea, se anime a hacer la paz y armonía. Ojalá sean muchos, que se aglomere la buena fe y donde suceda, será gente que a lo mejor también se ha equivocado pero que puede hacer la diferencia y contribuir tanto como cualquiera, será gente como uno. Ese es mi deseo. Y seguro tienes más callo que yo en esto, pero el humor y la reflexión ayudan a sortear cualquier vicisitud. ¡Felices cuarentenas! (Porque ya llevamos muchas).