Del aquí y ahora al futuro inmediato con la irrupción e impulso de nuevas fuerzas que modelan a las sociedades en todo el mundo. Transformaciones que ahora observa y reflexiona Noah Harari,  autor de los muy exitosos De animales a dioses y Homo Deus, en la conducta de los individuos y sociedades donde se desarrollan la infotecnología con la biotecnología.

Todo esto reestructura la mente, cuerpo, economía, cultura y a la sociedad misma, gracias también a la inteligencia artificial y otras invenciones que hasta hace poco sonaban más a ciencia ficción: sensores biométricos, algoritmos bioquímicos, de aprendizaje o de macrodatos que pronto supervisarán y comprenderán las emociones y sentimientos humanos mejor que nosotros mismos. Un cambio que ya comienza a atrofiar en algunas personas capacidades como la orientación, pues confían ciegamente en Waze o en un GPS que puede equivocarse y llevarlos al océano, como ya ha sucedido, o donde el algoritmo de la compañía Google comienza a ser tan relevante que el término googlear va sustituyendo al de buscar información. Y con la capacidad real de crear dictaduras digitales. De esas que cumplen sobradamente el sueño o hasta delirios orwellianos de control dignos de cualquier espía al servicio de regímenes totalitarios o del gran capital.

Por el momento ya ha dado lugar a una nueva problemática, la político-tecnológica, en la cual procesos relevantes como un referéndum o elecciones tienen cada vez más que ver con sentimientos que guían tanto a votantes como a sus líderes, y no con racionalidad. Con humanos mansos y bots que saben cómo pulsar botones emocionales mejor que nuestra madre, y utilizar esa asombrosa capacidad para vendernos cosas, candidatos incluidos como mostró el caso de Cambridge analytics por ejemplo. Es el paso del pánico a la perplejidad, donde esta revolución tecnológica entre otras cosas parece que pronto echará del mercado laboral a millones de personas y el historiador se pregunta si la especie será capaz de dar sentido al mundo que ha creado.

Y es que la frontera que separa realidad de la ficción cada día se vuelve más porosa, lo que de paso ha contribuido tanto a la crisis de los grandes relatos que poblaron el siglo XX (y que tanto nos gustaron), a las más recientes dificultades de las religiones tradicionales, como a las ahora muy conocidas fake news a quienes dedica un capítulo bastante sugestivo que incluye pistas para distinguir entre una y otra, no exentas de un sentido que cada vez parece menos común, como pagar por una información fidedigna, hacer el esfuerzo por buscar información y literatura científica sobre el tema o evitar creer en facilonas teorías conspiratorias que tienden a simplificar realidades mucho más complejas que actualmente incluyen a la falsa certeza moral. Lo cual lleva a cabo a través de un recorrido que pasa por la novela 1984, el mundo feliz de Huxley, Matrix y el Show de Truman.

Esta verdad y posverdad se potencia con una globalización que enfrenta resistencias mediante nacionalismos feroces, retos ecológicos trascendentales y falsas ilusiones como suponer que Facebook encabezará revoluciones sociales, el conocimiento sólo a través de un clic, pues la propia tecnología está produciendo enajenación. Hoy más que nunca el cambio es la única constante y la resiliencia es cada vez más necesaria. Lo que por supuesto debe incluir en el salón de clases y hasta en el que enseñar; y que aborda provocativamente. Claro que nunca debemos subestimar la estupidez humana, a la que dedica capítulos relacionados con guerra, locura, inteligencia artificial, robots, y problemas muy actuales como la moral, el laicismo, compasión, igualdad, ignorancia, libertad y el gran agujero negro del poder. Un relato muy bien contado, que hace reflexionar y hasta recurre a la vieja premisa rocanrolera del desconfía de tus mayores que dedica a jóvenes. Una lectura que proporciona claves para entender un mundo donde la incertidumbre profunda no es un error sino una característica.