A ver, se trata de un tema complejo, en el que bordar fino es apenas suficiente. ¿Por qué los hombres mantenemos una postura monolítica y esclerótica frente a un tema que apenas vivimos y viviremos siempre como acompañantes sociales o emocionales? ¿Por qué hay mujeres que condenan a sus pares frente a una elección que no comparten al mismo tiempo que les profieren cualquier reprimenda moral o castigoz institucional a las que demandan su derecho a elegir ser madres o no? A la pregunta reduccionista, francamente pusilánime, sobre estar a favor o en contra del aborto –mejor dicho, interrupción del embarazo– surge el asombro y enojo comprensible de mujeres que, por un lado, tienen que hacer comprender a quienes les niegan derechos y les señalan que sólo son ellas mismas quienes experimentan encontrarse es estado gestante, y por otro, que son seres humanos de plenos derechos en los que sus elecciones con respecto a su salud y ejercicio de su sexualidad, maternidad, identidad, entre varios más, se les debe asegurar, cumplir y punto. Aquellos que utilizan el tema para dividir, trabajan sin saber para quién, en impedir la justicia y equidad que todos en la sociedad merecemos. Aquellos mamarrachos que criminalizan la interrupción del embarazo no gritan para que la salud materno-fetal o la medicina obstetra tengan cobertura universal y sean de la calidad impoluta que análogamente denuncian ausente en la moral de quienes condenan. Ya que les gustan los analogías, decir que es obligación llevar un embarazo a su fin y criar a un hijo es igual a decir que un paciente se cure a sí mismo de cáncer de pulmón y aprenda a vivir en una ciudad con la calidad de aire de la Ciudad de México. ¿Para qué se enferma? ¿No vive en la ciudad? Cambie la enfermedad, pena o embarazoso padecimiento que sufra y arrégleselas como pueda.

Descriminalizar pero comprendiendo y respetando más. Disfruten el programa.