Asesinatos en la escuela.

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Poco antes de que estos tiempos se hicieran todavía más extraños, hubo un crimen que escandalizó a una sociedad ya acostumbrada a la violencia. Ocurrió a las 8:20 del 10 de enero de este año loco en el colegio Cervantes de Torreón, Coahuila, donde un menor de 11 años disparó al azar con una pistola Glock en 9 ocasiones contra quienes encontró a su paso.

Dadas las implicaciones de un hecho como este, raro aun para lugares como México donde solo se han registrado 2 antecedentes de este tipo de violencia escolar, uno en Monterrey y otro en Hermosillo, el periodista Javier Garza Ramos hace una minuciosa reconstrucción de la tragedia y logra un relato que busca provocar una mejor comprensión de fenómenos como éste que desafían las interpretaciones de especialistas, reporteros y comentaristas.

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De hecho, no hay que olvidar que en esta como en otras violencias la explicación simple suele confirmar nuestros prejuicios. Tampoco que resulta más tentador asignar culpas en vez de abordar o resolver el problema social de fondo, que el hecho violento que aterra provoca respuestas viscerales, estómago y corazón antes que mente, que no siempre hay recuperación después del horror y, en ocasiones, por más que lo intentemos no hay significado ni moraleja o verdad trascendente.

En este sentido, cabe destacar la crítica que hace el autor a la cobertura mediática del hecho que dejó estudiantes heridos y dos muertos, el niño que disparó y la profesora que intentó detenerlo, donde se reprodujo lo que estudiosos del estrés postraumático como Frank Ochberg llama los 3 actos de las noticias del trauma. Es decir, que los medios informativos ofrecen una sobredosis de algunos elementos del evento traumático (se enfocan demasiado en éste), muy poco en las víctimas, y todavía menos en la recuperación. De ahí la necesidad de construir una narrativa sobre los hechos donde el segundo acto, las víctimas, quede como primer acto. Y este, el shock, pase al segundo acto para poder encontrar entonces el significado del tercero: la recuperación de las víctimas y de la propia comunidad.

Colegio Cervantes, lugar del tiroteo, el mejor colegio de Torreón

Lo que tenemos en cambio es un sensacionalismo que sin respeto alguno por el dolor de las víctimas y sus familiares, re victimiza y/o criminaliza exhibiendo cuestiones familiares del niño carentes de utilidad periodística para contextualizar, entender y comprender los hechos. Sumado a la cabida de rumores, especulación y conjeturas que se multiplican con la aparición de las redes virtuales del Internet, donde hoy cualquiera –literalmente- es emisor, reproduce lo fake al tiempo que se profundiza la crisis del modelo de negocio del periodismo donde la competencia por la primicia contribuye a que los protocolos para el tratamiento noticioso de la información y su verificación se hagan añicos.

Además de los pros y contras que traen consigo las nuevas tecnologías al juntarse con la irresponsabilidad, pues ahora el paramédico, policía o perito con teléfono inteligente y acceso a una escena de crimen, hace que en media hora las imágenes se hagan virales y causen más daños y morbo. Pero también asociaciones que pueden terminar por embonar en carpetas de investigación, como cierta inspiración en la llamada masacre en Columbine hecha a partir de la playera con el lema Natural Selection. No en vano este caso sobre el que hasta hay documental de Michael Moore y análisis que muestran la psicopatía de uno de los perpetradores, configura lo que el autor denomina el asesinato-espectáculo, esto es, terrorismo con ataque masivo y visión de catástrofe construida para la televisión que ha inspirado unos 70 tiroteos escolares.

Masacre en Columbine - SensaCine.com.mx

 

Gracias a estas complejidades los medios optan por dar explicaciones fáciles. Así que en este como en otros casos parecidos, pero no iguales, resaltan o sobredimensionan detalles como el de los videojuegos que, sin más, relacionan con la violencia homicida. Por eso el autor distingue entre agresión y violencias, rastrea en busca de evidencia científica y empírica que resulta bastante escasa pues en realidad el vínculo violencia-videojuego parece estar más cerca de los imaginarios sociales ya que argumentar la relación es tan sencillo como también refutarla. Lo que obviamente no entendió el gobernador de Coahuila, de apellido Riquelme, tundido en redes por su alusión hipotética. Asimismo esto es útil para cabilderos de fabricantes de armas, quienes gustan echar mano de cortinas de humo como éstas. Una lectura que contribuye a reflexionar sobre el uso ético de la información que involucra a jóvenes y violencia en la escuela, así como a perseguir y cubrir escrupulosamente el trasfondo de tragedias que pueden volver a repetirse y ante las que tampoco han servido programas como Mochila Segura.